Cuando la ambición desmedida termina destruyendo lo que prometía salvar
Por Ramón Morel
En política, como en la vida, querer demasiado puede equivaler a perderlo todo. Lo enseña la sabiduría popular con ese refrán milenario que dice: «La ambición rompe el saco». Y es que cuando el deseo de poder no tiene límites, se transforma en un virus que contamina las decisiones, debilita los vínculos, y finalmente destruye la obra que tanto se pretendía proteger.
En los partidos políticos —y particularmente en el contexto latinoamericano— es común ver cómo algunos dirigentes que en un principio llegan como renovadores o figuras de consenso, terminan atrapados por una lógica mezquina de dominación personal. Confunden el liderazgo con el control absoluto, y el servicio con el usufructo. En vez de abrir el espacio a nuevas figuras, se dedican a bloquearlas. En vez de formar equipos diversos y fortalecidos, concentran todo en un pequeño círculo de confianza. Y en lugar de construir una maquinaria de futuro, levantan un cerco de lealtades que, aunque parece sólido, se desmorona apenas cambia el viento.
La consecuencia más inmediata de ese estilo de conducción es la desmovilización. Cuando los militantes perciben que todo gira en torno a una persona o a un puñado de intereses familiares y personales, pierden el entusiasmo, se sienten excluidos, y dejan de creer en los llamados al sacrificio y al trabajo colectivo. Como resultado, los proyectos políticos dejan de ser creíbles; incluso aquellos candidatos que están genuinamente comprometidos con el bien común pagan el precio del rechazo colectivo.
Los pueblos —y los partidos— tienen memoria. Puede parecer que no, pero en el momento decisivo, cuando se abren las urnas o se llena la plaza, queda claro quién tiene respaldo y quién se quedó solo con el eco de su ambición.
Este fenómeno no es nuevo. Lo retrató Aristóteles en su Política, cuando advertía que “el hombre que pretende gobernar como si fuera dueño, termina siendo peor que un tirano, porque corrompe incluso el alma del gobierno”. Y lo vemos en la historia: desde los césares romanos hasta los caudillos modernos, todo líder que pretendió eternizarse, terminó perdiendo lo que ya tenía ganado. Es el drama de quien, por quererlo todo, no supo cuándo soltar, delegar, compartir.
En el plano interno de las organizaciones políticas, esa ambición desbordada erosiona la democracia partidaria. Se cancelan los debates, se suprimen las elecciones reales, se imponen “acuerdos” que no son más que caprichos revestidos de formalidad.
Y lo que es peor: se promueve un clientelismo de nueva generación, donde el mérito no importa y el compromiso solo vale si viene acompañado de obediencia ciega. Con ese método, se eliminan los liderazgos naturales, se espantan los cuadros brillantes, y se transforma la estructura en una pirámide frágil y autoritaria.
El resultado final es predecible: división, desgaste, derrota. Primero surgen las quejas, luego las fugas, y al final, la implosión. Muchas veces, quienes manejaron todo con mano dura se quedan solos, sin votos y sin futuro. Y no porque los traicionaron, sino porque ellos mismos cerraron las puertas a tiempo y a destiempo, olvidando que nadie puede estar por encima de una causa.
Hay un momento en que el líder sensato debe preguntarse: ¿estoy construyendo un legado o estoy cavando una tumba política? ¿Estoy sembrando para el mañana o solo explotando el presente? Porque la historia es clara: quien siembra miedo, cosecha distancia; quien siembra imposiciones, recoge indiferencia; y quien solo quiere el poder para sí, pierde hasta el apoyo de quienes más lo admiraban.
Lo dijo Simón Bolívar con amargura y lucidez: “He arado en el mar y sembrado en el viento”. Su frase fue una advertencia para todos los que buscan perpetuarse a fuerza de imponer. En contraste, los grandes líderes de verdad —los que trascienden— son aquellos que saben cuándo retirarse, cuándo dejar paso, cuándo apostar por otros y no por su sombra.
En el terreno político dominicano —y esto lo entienden bien los militantes de base— estamos en un tiempo donde la gente ya no sigue ciegamente a nadie. La confianza se ha vuelto frágil, y los votos, escurridizos. Quien no lo entienda, lo pagará caro. Y quien crea que puede “ganarlo todo” sin compartir nada, sin renovar el equipo, sin escuchar a las bases, terminará perdiendo más de lo que jamás pensó.
A veces, la lección más dura es también la más justa:
el poder se mantiene cuando se distribuye; se pierde cuando se acapara.
Y en política, como en la vida, el que lo quiere todo… termina con las manos vacías.







