Por Ramón Morel
Durante décadas, los partidos políticos dominicanos han funcionado bajo estructuras verticales, cerradas y cada vez más alejadas de sus propias bases. La toma de decisiones sigue siendo un asunto exclusivo de las cúpulas, mientras los dirigentes de base y medios —aquellos que movilizan, organizan, defienden y sostienen las campañas en los territorios— son convocados para trabajar, pero rara vez para decidir.
Esta cultura de concentración del poder ha generado una crisis silenciosa dentro de las organizaciones partidarias. Muchos cuadros con vocación de servicio, preparación y compromiso son empujados a la inercia, la frustración o el simple silencio, al no encontrar mecanismos reales de ascenso. La fidelidad al partido ha sido sustituida por la obediencia al grupo dominante, y la meritocracia por el padrinazgo.
El anquilosamiento que produce esta lógica autoritaria afecta directamente la renovación del liderazgo político nacional. Los partidos repiten rostros, discursos y métodos, como si la única vía posible fuera eternizar a quienes ocupan los espacios de dirección. Todo intento de debate interno, de crítica constructiva o de participación más horizontal es percibido como amenaza, y no como una oportunidad para fortalecerse.
Esta situación no solo perjudica a los militantes que aspiran a crecer, sino que limita la capacidad de los partidos para adaptarse a las exigencias de la sociedad. Partidos cerrados generan liderazgos obsoletos, respuestas ineficaces y desconexión con las verdaderas prioridades de la ciudadanía. Mientras tanto, la militancia de base, cansada de no ser escuchada, se repliega, se desmotiva o, en muchos casos, abandona el activismo político.
Es momento de que los partidos asuman con responsabilidad la necesidad urgente de democratizar sus estructuras internas. No como un gesto simbólico, sino como un cambio de rumbo real. Las decisiones trascendentales deben construirse desde abajo hacia arriba, con consulta, inclusión y respeto al trabajo territorial. Y el ascenso de los nuevos liderazgos no puede seguir dependiendo de relaciones personales o lealtades ciegas.
Abrir los partidos a la participación de sus bases no es una concesión: es una estrategia de supervivencia. La historia reciente ha demostrado que los proyectos políticos que no se oxigenan tienden a desmoronarse. Las organizaciones que no permiten la renovación interna pierden capacidad de convocatoria, legitimidad y proyección a futuro.
Romper el cerrojo del autoritarismo interno es, por tanto, una necesidad impostergable. Sin estructuras abiertas, sin ascensos sin trabas, sin democracia real dentro de los partidos, la democracia en su conjunto seguirá siendo una promesa inconclusa.








