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Trumpismo, fascismo y clase obrera

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La guerra contra Irán no se parece a ninguna otra. Por vez primera, los objetivos destruidos carecen de importancia. Los protagonistas se concentran ahora en las consecuencias económicas de sus acciones. Esta experiencia está revolucionando la forma de hacer la guerra y ya ha llevado el Ejército Popular de Liberacion –las fuerzas armadas de la República Popular China– a revisar sus planes de batalla.
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“La historia ocurre dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa.” Carlos Marx.

Cuando millones de trabajadores en Estados Unidos votaron por un millonario racista, misógino y enemigo abierto de los pobres, algo más profundo que una simple “confusión” está ocurriendo. La clase obrera —que debería ser el motor de la transformación social— ha sido, en parte, capturada por un discurso reaccionario, violento y profundamente antipopular. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Qué papel jugaron las direcciones sindicales? ¿Qué hacer para revertir este desastre?

El nuevo Bonaparte

Donald Trump no es solo un empresario con delirios de grandeza. Es una figura política que encarna una forma moderna de bonapartismo: un liderazgo autoritario, populista y personalista que se presenta como mediador entre “el pueblo” y “la élite corrupta”, pero que, en los hechos, sirve a los intereses de los grandes capitalistas y del imperialismo estadounidense.

Como ya lo explicaba Marx en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, estas figuras emergen cuando las clases dominantes están en crisis, y las clases oprimidas aún no tienen fuerza propia para disputar el poder. El resultado: una “salida” autoritaria que aplasta al movimiento obrero con apoyo de masas desorganizadas, especialmente de sectores arruinados o desplazados por el sistema.

¿Fascismo en EE. UU.?

No estamos ante un fascismo clásico, como el de Mussolini o Hitler. Pero el trumpismo comparte demasiados rasgos como para ignorarlos:

  • Un líder carismático que apela a las emociones, el miedo y el resentimiento.
  • Un “pueblo” inventado: blanco, cristiano, trabajador, varón y nacionalista.
  • Enemigos internos a los que culpar: inmigrantes, negros, feministas, “antifaz”.
  • Milicias armadas y grupos fascistoides como los Proud Boys.
  • Ataques directos al sistema democrático burgués, como el asalto al Capitolio en 2021.

El resultado es una forma de posfascismo o fascismo del siglo XXI: sin partido único ni campos de concentración, pero con una lógica similar de guerra cultural, violencia y restauración reaccionaria del orden.

¿Y el sindicalismo dónde estaba?

Durante décadas, la burocracia sindical vendió a la clase trabajadora. Pactaron con los patrones, con los demócratas, con el Estado. Renunciaron a la lucha de clases, a la movilización y a cualquier horizonte que pueda ser relacionado a la lucha social, política e ideológica. Se convirtieron en gestores del orden capitalista, en bombero de la revolución.

Mientras tanto, la globalización neoliberal destruyó millones de empleos industriales. Las ciudades obreras del medio oeste se convirtieron en cementerios de fábricas. Los sindicatos no ofrecieron resistencia real. No organizaron a los nuevos trabajadores precarios, migrantes, jóvenes. No combatieron el racismo estructural. No hablaron de socialismo, ni de poder obrero. Dejaron un vacío ideológico enorme que el trumpismo supo llenar con odio, miedo y bandera.

Trump no ganó a los trabajadores, ¡nos los arrebató la derrota!

No hay que despreciar al trabajador que vota por Trump. Hay que entender que su conciencia es reflejo de una experiencia material concreta: precariedad, abandono, desarraigo. Si no tiene conciencia de clase es porque la izquierda y el sindicalismo no se la dieron.

Hoy, parte del movimiento obrero está colonizado ideológicamente por la derecha. Eso no significa que esté perdido. Significa que la batalla por la conciencia está abierta.

Las señales de recomposición

Hay síntomas de vida en la clase trabajadora norteamericana. Las huelgas en Amazon, Starbucks, UPS; la juventud precarizada que se organiza; el renacer de organizaciones como Democratic Socialists of América, el Partido del Trabajo en Estados Unidos, el Movimiento de Liberación de la Clase Trabajadora de origen Mexicano (WML); las luchas por salario digno y salud pública. Todo eso es muestra de que la conciencia de clase no ha muerto, solo necesita dirección, proyecto y organización revolucionaria.

La alternativa: socialismo o barbarie reaccionaria

La historia no se repite mecánicamente, pero sí enseña. Si el movimiento obrero no se recompone desde abajo, con independencia de clase y con dirección política, definido ideológicamente, la salida a la crisis del capitalismo será reaccionaria, con rostro fascistoide, autoritario y violento.

No se combate al trumpismo con tecnócratas liberales ni con moralinas progresistas. Se le combate con organización obrera, con internacionalismo, con lucha política y con una alternativa de clase, ideológicamente definida.

O construimos una salida desde la clase trabajadora, o la burguesía nos impondrá la suya, con sangre y represión.

¡No más “pueblo” sin clase!

¡No más sindicatos al servicio del capital!

¡Organizar la rebeldía de la clase obrera contra el sistema que la produce!

¡Socialismo o barbarie!

 

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