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Trump y la confusión peligrosa entre el Estado y su persona

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. ©  Andrew Harnik/Getty Images.
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Donald Trump no gobierna como jefe de Estado: gobierna como propietario temporal del poder. Esa es la línea que separa a un presidente polémico de un presidente peligroso. Y esa línea, en su caso, ha sido cruzada demasiadas veces como para seguir fingiendo que se trata solo de estilo, bravata o retórica electoral prolongada.

El rasgo más inquietante de su ejercicio del poder, ayer y hoy, no es la confrontación, sino la confusión sistemática entre el Estado de los Estados Unidos y su voluntad personal. Cuando Trump habla, no distingue entre lo que él quiere y lo que el Estado puede o debe hacer. Y esa confusión no es anecdótica: es estructural.

El lenguaje como síntoma de apropiación del Estado

Cuando un presidente dice, en distintos contextos y con distintas fórmulas, que “no está contento” con un país, no habla como diplomático ni como jefe de gobierno: habla como acreedor molesto. Cuando sugiere que fondos públicos “quedarán bajo su control” para decidir unilateralmente cómo invertirlos en otros países, no está expresando una política pública; está personalizando el patrimonio del Estado.

Trump no habla de Estados soberanos como sujetos de Derecho Internacional, sino como entidades subordinadas a su satisfacción personal. México, Centroamérica, países del Caribe o aliados históricos aparecen en su discurso no como pares, sino como actores que deben complacer o pagar.

Eso no es lenguaje descuidado. Es doctrina implícita.

Países soberanos tratados como protectorados

El patrón se repite:
– Condicionar relaciones diplomáticas a beneficios directos.
– Amenazar con represalias económicas o políticas sin proceso institucional previo.
– Tratar la cooperación internacional como si fuera una concesión graciosa del presidente, no una obligación del Estado.

Nada de esto constituye, por sí solo, una violación automática del Derecho Internacional. Lo que sí constituye es algo más profundo y corrosivo: la erosión deliberada de la idea misma de soberanía ajena.

Cuando un presidente estadounidense habla de otros países como si fueran extensiones administrables de su poder, no está redefiniendo la diplomacia: está desmantelando el marco jurídico que la hace posible.

Amenazas, anexiones verbales y hemisferios imaginarios

Trump ha coqueteado reiteradamente, en declaraciones públicas y discursos— con la idea de apropiarse, controlar o someter territorios ajenos, ya sea mediante presión económica, fuerza política o “reordenamientos” estratégicos. No ha ejecutado anexiones formales ni apropiaciones territoriales, y conviene decirlo con claridad.

Pero la amenaza reiterada, incluso cuando no se materializa, tiene consecuencias jurídicas y políticas reales. En Derecho Internacional, el uso del lenguaje de dominación no es neutro: prepara el terreno para la normalización del abuso.

Hablar de hemisferios como zonas de influencia personal, insinuar control total o presentar a países soberanos como piezas en un tablero privado degrada el principio de igualdad soberana de los Estados. Y cuando quien lo hace es el presidente de la principal potencia mundial, el daño no es simbólico: es sistémico.

Acusaciones sin pruebas y el desprecio por la verdad institucional

Otro rasgo constante es la acusación sin evidencia, lanzada como arma política. Gobiernos extranjeros, autoridades internas, jueces, fiscales, organismos internacionales: todos han sido señalados por Trump sin respaldo probatorio, con una ligereza que sería inadmisible en cualquier cargo menor, pero que desde la presidencia resulta demoledora.

Aquí el problema no es la crítica, legítima en democracia, sino la sustitución de la prueba por la afirmación, del debido proceso por el tuit, del Derecho por la sospecha personal.

Un presidente no está obligado a confiar en todos, pero sí está obligado a respetar las reglas que hacen verificable la verdad. Trump no las respeta cuando le estorban.

El riesgo real: que el Estado se vuelva extensión del ego

No hay evidencia de que Trump sea jurídicamente ignorante. La evidencia apunta a algo distinto y más grave: actúa como si el Derecho fuera secundario frente a su voluntad.

El riesgo no es que Trump “se crea” el Estado.
El riesgo es que actúe como si lo fuera.

Cuando el presidente confunde el poder delegado con propiedad personal, el Derecho deja de ser límite y pasa a ser decoración. Y cuando eso ocurre, las instituciones no colapsan de inmediato, sobreviven, pero se vacían de sentido.

Ese es el daño duradero.
No el escándalo del día.
No la frase altisonante.
Sino la idea instalada de que el poder puede ejercer-se sin pedir permiso al Derecho.

La pregunta ya no es si Trump respeta esos límites.
La pregunta es si las instituciones resistirán cuando él decida cruzarlos del todo.