Por Julio Disla
“El trabajo aproxima al hombre a la felicidad”, proclamaba el tirano Rafael Leónidas Trujillo. La frase, dicha desde el poder absoluto, suena hoy como una ironía cruel. El trabajo puede dignificar, sí; pero bajo las sociedades de clase ha sido, en lo fundamental, un instrumento de subordinación.
Carlos Marx, retomando a Georg Wilhelm Friedrich Hegel, sostuvo que el trabajo es dimensión constitutiva de la esencia humana. Pero también explicó que, en el capitalismo, se vuelve alienado: el trabajador no controla el proceso productivo ni es dueño del fruto de su esfuerzo. Desde el esclavismo hasta el régimen asalariado moderno, la constante ha sido la expropiación privada del excedente social por una minoría.
La domesticación sindical y el “precio” de algunos dirigentes
“Todo hombre tiene su precio”, suele decirse. La experiencia histórica demuestra que el poder no solo reprime: también compra. En nuestro suelo dominicano —ejemplo que retrata una tendencia más amplia— sindicatos tibios o amarillos que organizaron una misa en lugar de una huelga para exigir reivindicaciones. El gesto simboliza una preocupante domesticación: transformar el conflicto social en ceremonia inofensiva.
Así, con ese “amansamiento”, algunos sindicatos terminan siendo más pro-patronales que defensores del trabajador al que deberían representar. Dirigentes seducidos por cargos en el gobierno, prebendas o cercanía al poder económico olvidan que el sindicalismo nació como herramienta de combate, no como oficina de mediación dócil.
No se trata de generalizar ni de desconocer que miles de sindicalistas honestos siguen en pie de lucha. Pero sí de reconocer que el sistema ha sabido erosionar, cooptar y dividir. La derecha sabe lo que hace… y lo hace con eficacia estratégica.
Neoliberalismo, fragmentación y nuevos empleos
Con la caída del Muro de Berlín, el ideólogo Francis Fukuyama anunció el “fin de la historia”. No terminó la historia: cambió la correlación de fuerzas. El neoliberalismo impuso nuevas reglas destinadas a debilitar el poder organizado del trabajo.
A ello se suma la aparición creciente de modalidades laborales que no fomentan la unidad sindical ni el sentirse parte de una misma clase: contrataciones a tiempo parcial,contrato basura, tercerización, subcontratación en cadena, teletrabajo masivo. El “¡quédese en su casa!” propagado durante la pandemia consolidó formas de aislamiento productivo que, si bien necesarias en el contexto sanitario, también profundizaron la crisis del sindicalismo y la dispersión obrera.
La economía se plataformiza. El trabajador ya no comparte necesariamente un mismo techo con sus compañeros; compite con ellos a través de una aplicación. El “divide y vencerás” se actualiza bajo el individualismo feroz del “¡sálvese quien pueda!”.
El miedo a perder el empleo sustituye la aspiración de conquistar derechos. Hoy la consigna parece ser “conservar el puesto”, aunque sea precario. Y ante cada vacante hay filas interminables dispuestas a aceptar condiciones leoninas.
¿Lamentarnos o retomar la lucha?
La clase dominante impone condiciones cada vez más duras. Pero la lucha no ha terminado. Aunque algunos dirigentes fueron seducidos por las mieles del poder, muchos otros continúan buscando nuevos caminos, revisando errores de quienes pensaban hacer la revolucion a traves de los sindicatos y proponen nuevas alternativas.
La historia no terminó en 1989. Las luchas de clases no desaparecieron; simplemente adoptaron nuevas formas. Allí donde hay explotación, hay resistencia latente.
El sindicalismo enfrenta un desafío histórico: reinventarse para organizar al trabajador fragmentado, al repartidor de plataforma, al empleado remoto, al tercerizado sin estabilidad. Debe recuperar su carácter combativo sin caer en nostalgias estériles. No basta con administrar la precariedad; es necesario disputarle al capital la dirección del proceso social.
Recuperar el sentido del trabajo
El trabajo puede ser liberador, pero solo cuando quienes trabajan controlen el producto y el destino de lo producido. Mientras una minoría concentre la riqueza generada por la mayoría, el trabajo seguirá siendo yugo y alienador.
La alternativa no es resignarse. Es reconstruir la conciencia colectiva, fortalecer la solidaridad frente al individualismo impuesto y comprender que la precariedad no es destino natural, sino resultado de una correlación de fuerzas desfavorable.
La pregunta sigue abierta: ¿aceptaremos la domesticación o retomaremos la senda de la organización combativa?La historia, definitivamente, no terminó. Y mientras exista explotación, existirá también la posibilidad —y la necesidad— de transformarla.








