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Ser una gran potencia no se proclama, se demuestra

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El presidente de EE.UU., Donald Trump Alex Brandon / AP.
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Una potencia mundial es un Estado que tiene gran poder, o cuatro columnas del poder, político, económico y militar, cultural y ejerce una fuerte influencia en las relaciones internacionales a escala global. Su poder se manifiesta a través de la diplomacia en el escenario mundial y en la posibilidad de afectar la toma de decisiones de otros países, quizás Irán no tenga el gran poder político y económico, pero tienen el poder militar y cultural, que son dos columnas dentro del poder potencial los otros dos están a buen nivel

Japón había ingresado en el círculo de las grandes potencias no mediante proclamación, sino a través del desempeño. Este sigue siendo el único criterio fiable. Las grandes potencias no se declaran; se demuestran, la nueva decisión firme de cerrar el Estrecho de Ormuz, exigiendo el fin definitivo de los bloqueos y Sanciones por los agresores son el desafío inesperado y real en el teatro de operaciones, Estados Unidos se ve acorralado en éste momento,

La reciente confrontación de Irán con Estados Unidos y sus aliados regionales debe interpretarse en este mismo registro. La cuestión no es si Irán ha obtenido una victoria decisiva en términos clásicos del campo de batalla. El dato estratégico central es otro:

Irán ha demostrado la capacidad de impedir que el poder militar predominante traduzca su superioridad material en una derrota efectiva sobre su territorio y su arquitectura de poder. En este sentido, Irán no solo ha evitado la derrota, sino que ha bloqueado activamente la conversión de la superioridad militar estadounidense en resultados estratégicos operativos.

Esta capacidad de neutralización constituye el umbral cualitativo del conflicto.

El control sobre el estrecho de Ormuz se ha convertido en el indicador más visible de esta transformación, aunque no agota su significado. La realidad más profunda es que Irán ha configurado un entorno de disuasión activa, ha sostenido capacidades de interdicción y ha articulado una forma de resistencia estratégica distribuida a través de múltiples vectores institucionales, militares y no estatales.

Ha absorbido la presión sostenida sin colapso sistémico y ha respondido mediante una fuerza calibrada que opera a través de una red compleja de actores aliados, capacidades tecnológicas y dispositivos de proyección regional. En términos clásicos, Irán ha demostrado que puede sostener posiciones estratégicas frente a actores de mayor peso material sin ceder su coherencia interna ni su capacidad de iniciativa.

El reconocimiento tiende a seguir a este tipo de demostraciones, incluso cuando lo hace de manera reticente o indirecta. El lenguaje que emerge de los círculos estratégicos occidentales, expresiones como “punto muerto”, “costes inaceptables” o “necesidad de negociación”, no expresa neutralidad analítica, sino adaptación a una nueva distribución de capacidades efectivas. Aquello que no puede resolverse mediante superioridad militar debe ser rearticulado en términos diplomáticos.

Esta es la gramática del acomodamiento entre potencias.

Sin embargo, el reconocimiento no constituye un estatus abstracto ni simbólico. Reorganiza el espacio político. Modifica las expectativas de los actores regionales, recalibra alianzas y transforma la estructura de cálculo de riesgos.

Nos encontramos en un momento en el que las categorías heredadas del siglo XX, bloques rígidos, esferas de influencia fijas, o modelos lineales de contención, pierden capacidad explicativa frente a configuraciones más densas, superpuestas y dinámicas de poder.

El ascenso de Irán no se ajusta al modelo clásico de expansión territorial ni al patrón de influencia indirecta característico de la Guerra Fría. Opera mediante una forma de poder estructural: la capacidad de configurar las condiciones dentro de las cuales otros actores deben tomar decisiones estratégicas. No se trata de ocupar espacios físicos o institucionales, sino de volverse ineludible en el cálculo de los demás.

El orden liberal occidental dependía en gran medida de la naturalización de su propia arquitectura institucional como si esta constituyera el entorno neutral de la política internacional. Sus normas, mecanismos de sanción y lenguajes de legitimidad se presentaban como técnicos y universales, no como decisiones políticas situadas. El proyecto iraní, en convergencia parcial con otros actores no occidentales, consiste precisamente en desnaturalizar esta arquitectura, exponerla como construcción política contingente y demostrar que existen alternativas funcionales a ese orden.

Para los diseñadores de política occidental, este desplazamiento genera un dilema estructural. Los intentos de aislamiento no han producido la debilitación de Irán, sino la consolidación de dinámicas alternativas en las que Teherán desempeña un papel central y estructurante.

Las sanciones, concebidas como instrumento de coerción, han incentivado el desarrollo de circuitos económicos, tecnológicos y financieros paralelos. La exclusión no ha generado colapso, sino adaptación, diversificación y reorganización estratégica. Irán entra así al juego de Potencia mundial estratégica, ante la capacidad de poner presión global.

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