Inicio Opinión Más de medio siglo después

Más de medio siglo después

13
0
Francisco Alberto caamano
Spread the love

Por Ramón de Luna

Don Ramon de Luna

Un día como hoy, hace ya 53 años, la tiranía balaguerista se haya en alerta, el servicio de inteligencia lo comunica al déspota que ocupa el solio presidencial: Caamaño y su grupo insurgente ha desembarcado por Playa Caracoles.

Estaban en lo cierto, pero ya no era el coronel Caamaño: su nombre de guerra lo ha cambiado por el de Comandante Román. Ha dejado atrás días de gloria y de espanto y en sus manos empuña el fusil con que sueña reivindicar la Patria que sigue oprimida, no ya por botas extranjeras, sino por botas de lacayos. ¿Destino? Las Cumbres de la Sierra, los pinares y los yagrumos que allá crecen a montones.

Caminan ilusionados. El Comandante Román enfurece en horas de la noche cuando alcanza a ver el resplandor rojizo de la Falconbridge. Sus molinos se llevan el ferroníquel y otros minerales más y nos dejan la tierra pelada y negras columnas de humo que envenenan el aire.

Solo son nueve destinados enfrentar a miles. Escasean los alimentos, calman la sed en los pequeños arroyos que sueñan convertirse un día de ríos que mejorarán las tierras sedientas del llano. Los Palmeros ya no lo esperan, todos cayeron en la caverna, no sin antes darle a los fantoches ejemplos de bravura espartana.

Uno murió de hambre, otros heridos, como Román, herido en una pierna, pero rifle en sus manos poderosas. “El Coco mayor, señor, lo tenemos prisionero, ¿qué hacemos con él? Ustedes sabrán qué hacer…Es un prisionero para el cual no hay cárcel en el país… Resuelvan… Y los generalotes se ponen de acuerdo. Colocan a Román a unos 12 pies del pelotón que ha de quitarle la vida, a pesar de Ginebra.

¡Viva Santo Domingo libre! Era lo voz estruendosa del Comandante Román. Voz que repiten los montes de la sierra al llegar a las laderas y que después se apaga. Luego, la brutalidad de algunos que antes se morían de miedo y ahora patean un cuerpo exánime y un culatazo en la frente.

Ordenan quemar el cuerpo, aunque se asegura que los restos fueron tirados al mar desde un helicóptero. No importa que seamos pocos quienes lo recordemos. Por más años que pasen se le recordará con su uniforme sudado al final del puente, o un cuidador del bosque dice escucharlo en las noches y su nombre brillando por estrellitas que titilan, o por miles de luciérnagas alumbrando los vericuetos de la montaña.

¡Quién lo diría, Comandante Román!