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Líder y candidato: el reto de ejercer autoridad partidaria

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Ramón Morel
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Por Ramón Morel

En la política, a menudo, se repite un dilema que pone a prueba la fibra de los dirigentes: cuando el presidente de un partido es, al mismo tiempo, aspirante a la presidencia de la República. Esta dualidad, que parece una ventaja —porque concentra mando, visibilidad y capacidad de decisión—, encierra también un riesgo: la confusión entre el rol institucional y el rol electoral. De la manera en que se gestione esta situación dependerá no solo la disciplina interna del partido, sino también la proyección nacional del líder.

Cuando el dirigente, por temor a fracturas, permite que las normas internas se relajen, se produce un efecto corrosivo: los grupos comienzan a entender que los estatutos pueden doblarse a conveniencia. La falta de sanciones frente a quienes desacatan resoluciones o imponen agendas personales erosiona la autoridad real del presidente del partido. En el corto plazo, la apariencia es de calma, pero en realidad se incuban focos de indisciplina que luego resultan imposibles de controlar.

Ejemplos sobran en la región. En México, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se sostuvo durante décadas gracias a una disciplina férrea: quien rompía las reglas era marginado, incluso si tenía poder interno. Pero cuando esa disciplina comenzó a relajarse en los años noventa, aparecieron facciones que debilitaban al propio presidente del partido, hasta que el PRI perdió la presidencia en el 2000. El costo de no aplicar correctivos fue altísimo.

En Venezuela, Hugo Chávez entendió bien el asunto: al fundar el PSUV, no permitió que los grupos internos se impusieran por encima de la disciplina. Su autoridad no se construyó solo desde el Estado, sino también desde la conducción férrea del partido. En cambio, Henrique Capriles, líder opositor y candidato en 2012 y 2013, nunca logró consolidar mando interno dentro de su coalición; cada grupo hacía lo que quería y, a la hora de enfrentar a Chávez y luego a Maduro, esa dispersión terminó debilitándolo.

El mediano plazo confirma los riesgos: cuando ciertos sectores del partido sienten que pueden actuar al margen de los reglamentos sin consecuencias, acumulan poder interno desproporcionado. Mientras tanto, quienes respetan las reglas terminan frustrados. El partido se divide entre los que “mandan de facto” y los que solo cumplen las normas. El líder, en vez de proyectar firmeza, transmite la imagen de rehén de su propia organización. Algo parecido ocurrió en el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, cuando Dilma Rousseff, por evitar choques con corrientes internas, permitió que sectores con poder legislativo marcaran la agenda, debilitando su margen de maniobra tanto dentro del partido como desde el gobierno.

A largo plazo, el daño es aún más profundo. Un dirigente que se acostumbra a guardar las apariencias en su partido difícilmente convencerá al electorado de que, como presidente de la República, actuará con firmeza frente a los grandes intereses nacionales. La ciudadanía percibe esa inconsistencia: si no corrige a quienes tiene más cerca, ¿cómo podrá hacerlo con los poderes económicos, mediáticos o internacionales cuando las circunstancias lo exijan?

Por eso, siempre será más conveniente que el líder-jefe de partido asuma con claridad su papel institucional. Hacer valer los reglamentos, disciplinar a quienes transgreden y demostrar que las normas no se negocian fortalece su posición. No se trata de autoritarismo, sino de liderazgo con reglas claras. Rafael Correa, en Ecuador, dio un ejemplo en ese sentido: al frente de Alianza PAIS no dudó en sancionar a dirigentes que rompían la línea del movimiento, y esa disciplina interna fue parte del sustento que le permitió gobernar con firmeza.

Cada correctivo aplicado dentro del partido es un mensaje doble: hacia adentro, que la organización es seria y no un campo de caudillos; hacia afuera, que el líder tiene la capacidad de gobernar sin favoritismos ni complacencias. En definitiva, quien demuestra dentro que está dispuesto a hacer lo que tenga que hacer, gana hacia fuera el respeto y la confianza de un electorado que clama por gobernantes capaces de enfrentar los conflictos, y no de esconderlos bajo la alfombra.

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