Inicio Opinión La Navidad ayer y hoy; el cambio en las costumbres

La Navidad ayer y hoy; el cambio en las costumbres

47
0
La Navidad ayer y hoy. El cambio en las costumbres. Imagen con IA.
Spread the love

La Navidad en la República Dominicana siempre ha sido una explosión de color, sabor y unión familiar. Sin embargo, al observar el presente, es inevitable sentir que las tradiciones han mutado profundamente. Muchos ciudadanos hoy lamentan que la Navidad ya no se siente como antes, señalando una pérdida de la alegría colectiva y del sentido de comunidad que caracterizaba a los barrios hace cinco décadas.

Hace 50 años, a principios de la década de los 70, la Navidad estaba marcada por una dinámica social de mayor proximidad. Las familias se preparaban con días de antelación, sumergidas en la «fiebre del estreno». Hombres y mujeres compraban su mejor «pinta»: ellos lucían pantalones campana, camisas llamativas y peinados afro; ellas optaban por el estilo «kelin» o vestidos señoriales si eran mayores. Las calles se llenaban de puestos de uvas, manzanas y cerdo asado, y si una familia no tenía para cenar, siempre había un vecino dispuesto a compartir un plato.

El aguinaldo o asalto navideño era, quizás, la máxima expresión de esta cohesión social. Grupos de amigos y vecinos se reunían sigilosamente en la madrugada para despertar a alguien con villancicos al ritmo de tambora, güira y acordeón. Era una canción que se caminaba, donde el anfitrión, lejos de molestarse, abría la puerta con júbilo para ofrecer té de jengibre caliente, ron, pan y ponche. La seguridad ciudadana era un bien común que permitía transitar por los barrios a deshoras sin temor.

Hoy, el panorama es distinto. La urbanización acelerada ha sustituido las casas de patios compartidos por edificios de apartamentos y urbanizaciones cerradas con estrictas reglas de convivencia. En estos entornos, los vecinos suelen ser desconocidos entre sí y el ruido de un aguinaldo a las cinco de la mañana a menudo se percibe como una invasión a la privacidad o una molestia. Además, el auge de la delincuencia ha frenado la espontaneidad de las parrandas callejeras; hoy, a pocos se les ocurriría tocar puertas en la madrugada por miedo a la inseguridad.

La música también ha experimentado un relevo generacional. Mientras que hace 50 años las «consolas» y vitrolas repetían merengues clásicos y salsa que duraban décadas en el gusto popular, hoy la juventud ha sustituido los villancicos por el «teteo», el reguetón y la música urbana. Los encuentros físicos han sido desplazados parcialmente por la tecnología, la música llega por playlists digitales y el entretenimiento privado en centros comerciales o fiestas cerradas ha ganado terreno a la celebración en la acera.

En el ámbito espiritual y de regalos, el paralelismo es igualmente marcado. La Misa del Gallo, celebrada a la medianoche del 24 de diciembre, era el evento más sagrado y concurrido. Aunque la tradición persiste, la afluencia de fieles ha disminuido, volviéndose una práctica más secularizada. Respecto a los obsequios, hace medio siglo el Día de los Reyes Magos (6 de enero) era la fecha indiscutible para la alegría infantil, donde se dejaba hierba y agua para los camellos bajo los zapatos. En el presente, la globalización y la influencia de Santa Claus han desplazado esta costumbre; muchas familias priorizan la entrega de regalos el 25 de diciembre, dejando a los Reyes en un segundo plano. Incluso figuras folclóricas como «La Vieja Belén» o el «Palo Encebado» han caído casi en el olvido.

A pesar de estos cambios, la gastronomía sigue siendo el ancla inamovible de la dominicanidad. El banquete de Nochebuena conserva su esencia con el cerdo asado como protagonista, acompañado de moro de guandules, ensalada rusa, pasteles en hoja y telera. El ritual de limpiar profundamente la casa y pintarla para recibir el año nuevo también se mantiene como un símbolo de renovación y esperanza.

En conclusión, la Navidad ha transitado desde un ritual comunitario y espontáneo hacia uno más privado, planificado y mediado por la tecnología. Las costumbres han evolucionado al ritmo de una sociedad que cambió sus calles tranquilas por muros y cámaras de seguridad.

Nuestras tradiciones son como una vasija de barro antigua que ha pasado por millones de manos. Aunque el tiempo le ha dado una pátina diferente y algunos la vean arrumbada en un rincón, su estructura sigue siendo la misma: el deseo profundo de reencuentro y celebración. Queda en las nuevas generaciones decidir si le pasan un paño para que vuelva a brillar o si permiten que el polvo de la modernidad la haga irreconocible.