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La fábula del Zorro Viejo y el Perro de Pedigrí Dudoso

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Por Ramón Morel

En un rincón olvidado del bosque, donde los árboles susurraban secretos que nadie quería oír, vivía un zorro viejo. No era cualquier zorro: este tenía la astucia acumulada de tres generaciones de manipuladores, y el pelaje curtido por tantas traiciones que ya no brillaba, sino que resplandecía con cinismo.

El zorro, aunque ya no cazaba, seguía dando órdenes con el mismo tono afilado con el que solía morder el cuello de sus presas. Ya no necesitaba ensuciarse las patas: ahora tenía un perro.

Un perro con la postura altiva de los de raza, hocico alzado, cuello erguido y paso firme. Pero si uno miraba bien —con ojo clínico, claro— notaba que las orejas no eran del todo simétricas, que la cola tenía una curva indisciplinada, y que el ladrido sonaba más a mezcla que a linaje. Sí, era un vira lata bien peinado.

A pesar de eso, el zorro lo había elegido por una razón: obedecía. Le bastaba un gesto, un silbido o una mirada para que el perro ladrara en la dirección correcta, guiara a la manada o montara una escena de liderazgo digno de desfile. Los demás animales, por supuesto, lo seguían, aunque nunca estaban del todo seguros de si lo admiraban o simplemente no tenían otra opción.

Lo curioso era que cada decisión «personal» del perro pasaba antes por el oído del zorro. Incluso las que él mismo anunciaba como suyas con voz firme en las asambleas del bosque. Pero un día, algo cambió.

Era el día de la Gran Decisión: si se construía o no una madriguera central para almacenar toda la comida de la comunidad. Una idea del zorro, por supuesto, para tener más control… digamos, sobre los suministros. El perro debía alzar su voz y conseguir los votos. Pero, vaya uno a saber por qué —quizás se le subió el pedigree a la cabeza—, decidió rebelarse. En plena asamblea, ladró contra la madriguera. Con un tono tan convincente, tan lleno de falsa autonomía, que los animales votaron en contra de la propuesta.

El zorro, desde las sombras, apretó las garras. No dijo nada… al instante.

Al día siguiente, sin previo aviso, lo mandó llamar. En privado. No gritó —los zorros no gritan, manipulan con cortesía—, pero le dijo cosas que ni los árboles se atrevieron a repetir.

El perro salió de allí con el rabo entre las patas. Pero algo en su mirada parecía distinto. Un fuego nuevo, o eso quisieron creer algunos. A los pocos días, anunció que ya no serviría más al zorro. Que él era libre. Que haría su propio sendero.

Muchos animales, hastiados de años de trampa y astucia, se le unieron. La revolución del vira lata parecía inminente. Gritaban su nombre en los claros del bosque, escribían consignas en las piedras y hasta soñaban con un futuro sin madrigueras centralizadas.

Pero justo cuando todo apuntaba a un cambio real, cuando la manada avanzaba hacia la guarida del zorro para quitarle de una vez el poder simbólico que aún ostentaba… el perro desapareció.

Durante días, nadie supo de él. Hasta que un gorrión lo vio entrar a escondidas a la cueva del zorro. Solo. Sin escolta. Sin dignidad.

Cuentan —y los gorriones no suelen mentir, aunque sí exageran— que el perro bajó el hocico, se acercó al zorro y, sin preámbulos, le dijo:

¿Dónde está la escoba?

Desde entonces, volvió a su rutina habitual. Dirigía asambleas como antes, ladraba con convicción, posaba para las ardillas pintoras y seguía proclamando autonomía. Pero en las noches, cuando nadie lo veía, pasaba por la cueva del zorro a buscar instrucciones. Y barría. No con la escoba en la boca, claro, sino con la lengua en el suelo.

Moraleja (si insistes en buscarla):
Hay perros que ladran como si fueran libres, pero al primer grito del amo… buscan la escoba con más entusiasmo que nunca.

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