Por Ramón Morel
Hay una escena que se repite con una disciplina casi burocrática: dirigentes políticos hablando de “rescatar a la juventud”, analistas lamentando su “falta de interés” y campañas diseñadas como si bastara con poner música urbana de fondo para capturar atención. Mientras tanto, del otro lado, una generación entera observa, consume, opina… pero no entra. No cree. No compra.
La explicación fácil, y conveniente, es llamarla apatía. La explicación correcta es más difícil de digerir: la juventud dominicana no está desconectada de la política, está desconectada de esta política.
No es lo mismo.
El problema no es ausencia de interés, es ausencia de credibilidad.
Durante años, la política ha operado como un teatro de repetición: mismos rostros, mismos discursos, mismas promesas recicladas con distinto eslogan. Los jóvenes crecieron viendo escándalos que terminan en nada, denuncias que se diluyen y discursos que cambian según la conveniencia del momento. No necesitan leer tratados de ciencia política para sacar una conclusión básica: el sistema no funciona como dice funcionar.
Esa desconfianza no es emocional, es aprendida.
Y cuando la desconfianza se vuelve estructural, la participación tradicional pierde sentido. ¿Para qué militar en un partido si la lealtad se premia más que la capacidad? ¿Para qué involucrarse en procesos internos si las decisiones reales se toman en otra habitación? ¿Para qué votar con entusiasmo si el resultado no cambia las reglas del juego?
Aquí es donde muchos se equivocan: interpretan la distancia como vacío. Pero no hay vacío.
Lo que hay es desplazamiento.
La juventud no abandonó la participación, la reconfiguró. Está en causas puntuales, en debates digitales, en movimientos efímeros pero intensos, en espacios donde siente que su voz no está prefiltrada. Es una participación menos orgánica, más fragmentada, sí, pero también más auténtica. No responde a estructuras rígidas, responde a estímulos concretos.
El problema es que la política tradicional no sabe leer eso.
Sigue hablando en un idioma que ya no se consume. Mientras los jóvenes procesan información en tiempo real, con códigos directos y sin paciencia para la retórica vacía, el discurso político insiste en formatos largos, previsibles y cargados de promesas abstractas. No es solo una brecha generacional, es una brecha de lenguaje.
Y en política, el que no logra comunicarse, pierde.
Pero hay algo más profundo, y más peligroso: la economía.
Durante décadas, el contrato implícito era claro, estudia, esfuérzate, progresa. Hoy ese contrato está roto o, al menos, profundamente deteriorado. Tener un título no garantiza movilidad social, trabajar no asegura estabilidad y proyectarse a largo plazo se ha vuelto un ejercicio incierto. En ese contexto, pedirle a un joven que crea en el sistema político es pedirle que confíe en una estructura que no le está cumpliendo.
La desconexión, entonces, no es solo política. Es existencial.
Y eso tiene consecuencias.
Una generación que no cree en el sistema no necesariamente se vuelve revolucionaria. A veces se vuelve indiferente. O pragmática hasta el cinismo. O vulnerable a discursos que prometen soluciones rápidas, aunque impliquen desmontar lo poco que funciona. Cuando la institucionalidad pierde legitimidad, cualquier alternativa que suene distinta gana terreno, sin importar su viabilidad.
Ahí está el riesgo real.
No es que los jóvenes no participen. Es que, cuando decidan hacerlo de forma masiva, puede que no sea bajo las reglas actuales.
Y ese día, la conversación dejará de ser sobre apatía. Será sobre consecuencias.
Porque el problema nunca fue la juventud.
El problema es que la política dejó de ser creíble… y todavía no se ha dado cuenta.







Excelente reflexión sobre la juventud.