
Buenos días. A una parte significativa del empresariado dominicano le importa un comino la masiva presencia de haitianos ilegales en nuestro territorio. No les importa que, tras esa realidad, cobre vida un eminente peligro para la soberanía nacional. Para ellos lo prioritario son sus negocios, de modo que la mano de obra haitiana le resulta muy atractiva por ser barata e informal. De ahí que no extrañe a nadie el hecho de que, empresarios vinculados a las áreas de construcción, comercio, agricultura y agroindustria, manifiesten su oposición a las deportaciones masivas de indocumentados y, en cambio, clamen porque el Gobierno les garantice a esos trabajadores. Esa actitud parcial e interesada, que empuja hacia anteponer los intereses particulales a la protección y defensa de la patria que nos legaran los forjadores de nuestra independencia, amarga y definitivamente se contrapone con el compromiso de preservar nuestro terruño patrio. Lo peor de lo expuesto es que, como nación, no contamos con una estrategia nacional que, en el mediano y largo plazo, garantice que podamos sustituir la mano de obra haitiana por la nacional. Esa necesaria alternativa no se visualiza siquiera como posibilidad, por la razón de que, para los sectores productivos citados, se trata de un asunto de costos-beneficios. La conciencia nacional tiene que aflorar, fortalecerse, cobrar cuerpo y, como un solo hombro, exigir del Estado el diseño de un plan gradual que rompa la dependencia de la mano de obra haitiana, que es igual a defender nuestro territorio.








