Inicio Opinión Esclavitud moderna: Un baile sin fin en RD

Esclavitud moderna: Un baile sin fin en RD

2553
0
Burocracia de la oficina y sobrecarga de empleados, mujer cansada frustrada que trabaja horas extras.
Spread the love

Ah, el trabajo. Esa noble actividad que, según nos han dicho desde chiquitos, «dignifica al hombre». ¡Qué maravilla! Nada como levantarse a las 5 de la mañana, tomar un concho atestado, llegar a un empleo donde te pagan una miseria y aguantar a un jefe que cree que eres su propiedad personal. Todo para volver a casa exhausto, justo a tiempo para ver el final de la novela y prepararte para repetir el ciclo al día siguiente. ¿Y para qué? Para «ganarte la vida», como si la vida fuera un premio que solo mereces si te deslomas trabajando. ¡Viva la dignidad!

Pero, ¿alguna vez te has preguntado quién inventó esta idea tan brillante de que el trabajo es la clave de la felicidad y el progreso? No fuiste tú, ni yo, ni el vecino que vende empanadas en la esquina. No, amigo mío, esta genialidad viene de una élite que, desde tiempos inmemoriales, ha sabido cómo mantenernos a todos bailando al son que ellos tocan. Un merengue interminable donde ellos ponen la música y nosotros, las masas, movemos las caderas sin parar, sin derecho a descanso ni a cambiar el ritmo.

Si algo hemos aprendido de la historia (esa que nos enseñan en la escuela, convenientemente editada) es que los héroes son siempre los que lucharon por la libertad, la justicia y… espera, ¿la libertad? Bueno, libertad para algunos, claro. Porque si miras bien, en la República Dominicana, como en tantos otros lugares, la libertad siempre ha tenido un asterisco: aplica solo para los que pueden pagarla.

Desde la época de la colonia, cuando los españoles nos trajeron el «regalo» de la civilización a cambio de nuestro oro y nuestra mano de obra gratuita (¡qué consideredos!), hasta hoy, con las zonas francas y los resorts de lujo, el mensaje ha sido el mismo: trabaja duro, no te quejes y quizás, solo quizás, algún día podrás comprarte un carrito de segunda mano para impresionar a los vecinos.

Pero, ¿y si te dijera que este cuento del «esfuerzo personal» es solo eso, un cuento? Un engaño histórico diseñado para que las mayorías sigamos corriendo en la rueda del hámster, mientras una élite se sienta a ver cómo nos desgastamos, acumulando riquezas que nunca veremos. En RD, esta élite tiene nombres y apellidos, pero no los mencionaremos aquí porque, bueno, no queremos que nos cierren el internet.

Entonces, ¿cómo lo hacen? ¿Cuáles son los trucos que usa esta élite para asegurarse de que sigamos siendo esclavos modernos, pero con smartphones y Netflix? Aquí te dejo algunos de los más efectivos, adaptados a nuestra querida Quisqueya:

Salarios de miseria: ¿Has notado que en RD, el salario mínimo es justo lo suficiente para que no te mueras de hambre, pero nunca para que ahorres o, Dios no lo permita, progreses? Es una ciencia exacta: te pagan lo justo para que sigas volviendo al trabajo, como un adicto que necesita su dosis diaria. Y si pides un aumento, te miran como si hubieras insultado a su madre.

Educación «a medias»: La educación pública, ese gran equalizador social… en teoría. En la práctica, es un sistema diseñado para producir trabajadores obedientes, no pensadores críticos. ¿Para qué enseñar a cuestionar el statu quo cuando puedes memorizar fechas de batallas y nombres de caciques? Así, cuando crezcas, sabrás quién fue Enriquillo, pero no cómo evitar que te exploten en el call center.

Medios de comunicación: el opio del pueblo: ¿Te has fijado en cómo los noticieros siempre están llenos de crímenes, chismes y el último escándalo político? Eso no es casualidad. Es para mantenerte distraído, para que no te des cuenta de que mientras discutes si Fulano robó más que Mengano, la élite sigue llenándose los bolsillos. Y si alguna vez intentas protestar, te dicen: «Pero mira, están regalando fundas en el palacio. ¿Por qué no vas a buscar la tuya?»

Divide y vencerás: Nada mejor para mantener a las masas controladas que hacerlas pelear entre sí. En RD, esto se logra con maestría: haitianos vs. dominicanos, peloteros vs. bachateros, capitaleños vs. cibaeños. Mientras nos odiamos unos a otros por tonterías, la élite se ríe desde sus mansiones en Casa de Campo.

El sueño dominicano: consumismo criollo: ¿Quieres ser feliz? ¡Compra! Un plasma, un iPhone, una jeepeta que no puedes mantener. La publicidad te convence de que la felicidad está en tener cosas, y para tener cosas, necesitas trabajar más. Es un ciclo perfecto: trabajas para comprar, compras para sentirte bien, te sientes vacío, trabajas más para comprar más. Y mientras, la élite vende y se enriquece.

Imagina la vida como un gran baile de merengue. La élite pone la música, elige el ritmo y decide cuándo empieza y cuándo termina (spoiler: nunca termina). Tú, el pueblo, tienes que bailar sin parar, aunque te duelan los pies, aunque estés exhausto. Si te detienes, te sacan de la pista y te mandan a la banca de los «fracasados», esos que no «aprovecharon las oportunidades».

En RD, este baile tiene sus propias reglas. Por ejemplo, en las zonas francas, donde miles de dominicanos trabajan 12 horas al día cosiendo ropa para marcas internacionales que luego venden a precios exorbitantes. ¿Y cuánto ganan ellos? Lo justo para un plato de pica pollo y una Presidente fría al final de la semana. ¡Pero hey, al menos tienen trabajo!

O piensa en el sector turístico, la «industria sin chimeneas». Hoteles de lujo en Punta Cana, donde los turistas pagan miles de dólares por una semana de paraíso, mientras los empleados, esos que limpian las habitaciones y sirven los tragos, ganan una fracción de eso en un mes. Pero claro, «es una bendición tener empleo en tiempos de crisis».

Entonces, ¿qué hacer? ¿Renunciar al trabajo y vivir del aire? No, porque lamentablemente, el aire no paga la luz ni el agua. La idea no es dejar de trabajar, sino despertar y darnos cuenta de que el sistema está diseñado para beneficiarse a unos pocos a costa de muchos. Es entender que el trabajo, tal como está estructurado, no es una escalera hacia la libertad, sino una cadena que nos mantiene atados.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí