Buenos días. Participar en cualquier actividad de carácter público, en instancias sociales, gremiales o comunitarias, es exponerse al riesgo constante de ser calumniado por sujetos de pocas montas que, como no tienen méritos para trascender y ser valorados por terceros, se aferran a la bajeza en sus diversas manifestaciones. Son mediocres que renuncian a la excelencia y, peor aún, se dejan ahogar por el resentimiento hacia quienes sí la buscan. Cuando el brillo ajeno resulta insoportable para quien habita en la penumbra de su propia inferioridad, surge una de las expresiones más amargas de la condición humana: la campaña sistemática de descrédito. Ocurre porque la mediocridad suele camuflarse bajo diversas actitudes que buscan nivelar el campo de juego hacia abajo. Ocurre porque el mediocre ataca a quien intenta elevar el estándar de la acción institucional en la que incide y participa. Es una insistencia constante por desmeritar, opacar, frenar cuando los resultados del «otro» son indiscutibles y brillan a pesar de los vanos esfuerzos por opacarlos, por restarle crédito. Es como el motor que impulsa al mediocre fracasado a renunciar a los mecanismos democráticos, a competir a través de las ideas y de su capacidad para ganar votos y provocar resultados que le premien. Y ante su insistencia, la mejor defensa es la evidencia, seguir produciendo resultados porque, en definitiva, son los muros visibles contra aquellos que no tienen nada para convencer a terceros. La historia rara vez recuerda a los detractores, pero siempre preserva la obra de quienes, a pesar del ruido, se mantuvieron fieles a su capacidad de crear y construir. Y es que la mediocridad es ruidosa, pero condenada al fracaso…









