Por Leonardo Cabrera Díaz
Porque no sabíamos qué hacer mi corazón, mi cerebro
Mi cabeza, mi alma, mi cuerpo y yo
Nos reunimos con prisa,
Con carácter de urgencia
No podíamos esperar más
La situación era grave
Difícil, dolorosa y delicada
Casi de vida o muerte
Más de muerte que de vida
Era un gran dolor compartido
Que a todos nos afectaba
Que nos había robado la paz
Que nos impedía el sueño,
Teníamos un problema común
Era ella,
Sí, era ella, su ausencia
Ese vacío que había dejado entre nosotros.
Aquel ambiente era tenso, pesado, no presagiaba nada bueno, la prudencia y la mesura no estaban presentes.
El primero en hablar fue el cerebro quien acusó a mi corazón de ser el culpable de su partida, por no cuidarla, por no haberle hecho sentir lo mucho que la amaba.
Le llamó flojo y blandengue.
Mi cabeza en cambio pedía mantener la calma,
Que habláramos sin alterarnos
Que discutiendo así no llegaríamos a ningún lado, que ya era bastante con el dolor que sentía y creía que iba a estallar.
Mi alma secundó a mi cabeza, también pidió moderación, que nos pusiéramos de acuerdo para buscarla y hablar con ella y pedirle que regrese, para decirle cuánto la necesitamos; lo mucho que la queremos.
Pero mi corazón estaba incontrolable, parecía no escuchar, no cedía, no entraba en razón, decía que nadie sufría como él, que desde que ella no estaba no sentía ni oía sus latidos
Le respondió al Cerebro, que más culpable era él, porque su responsabilidad como Corazón, era solo amarla, quererla, latir por ella, mantener el cuerpo con vida
En cambio tú, Cerebro, eres el que supuestamente piensa y el que analiza, el sabelotodo entre nosotros, el que debe diseñar las estrategias y fallaste, no hiciste tu trabajo y la dejaste ir.
Mi Cuerpo tronó, se puso de pies, y exclamó, a mi no me miren carajo; que yo hice mi bien trabajo, ella, vibraba entre mis brazos y sentía la pasión de sus besos y en el éxtasis de cada encuentro aunque nunca pronunció mi nombre, juraba que me amaba.
Si alguien sufre entre nosotros soy, la lloro todos los días, desde que no está conmigo jamás he vuelto hacer el amor, que “no he visto a linda”
Tanto así que estoy tan lleno de ella que sin proponérmelo ni quererlo, de mi a cada rato, sale y emana amor a borbotones que chorrea y me moja todo.
Yo, al ver tanto alboroto y desconsuelo me mantuve en silencio, supe que al dejarnos, ella nos volvió locos a todos, arruinó nuestras vidas, porque ella era todo nuestro tesoro, nuestra fortuna, la razón de nuestra existencia.
Yo guardé silencio, porque me desgarraba aquel escenario triste en que mi Cuerpo, mi Cerebro, mi corazón, y mi Alma se consumían en el dolor de su ausencia.
Y le pedí a Dios que le dijera que la amamos, que venga a recoger a sus locos antes que comiencen a tirar piedras.
Como tantas veces nos dijo; “Que loquito somos”.
Con Dios siempre, a sus pies.»








