
El mundo que transitamos en 2025 se presenta como un escenario de equilibrio complejo, marcado por la incertidumbre y la interconexión de riesgos en diversas esferas. En el ámbito geopolítico, se observa la transición de un mundo unipolar a una mayor multipolaridad, donde el poder de Estados Unidos es rivalizado por China y emergen otros centros de poder regionales. Esta competencia incrementa el riesgo de escaladas militares. El año 2024 dejó a la democracia maltrecha, con un mayor número de países experimentando retrocesos en lugar de avances.
En este año continuaremos hablando de alto el fuego, pero no necesariamente de paz. Conflictos como la guerra en Ucrania y las tensiones en Oriente Medio, incluida la devastadora guerra en Gaza, evidencian la fragilidad de las treguas sin soluciones duraderas.
La integración económica mundial se ha debilitado y las restricciones al comercio han aumentado. La posible implementación de una nueva política proteccionista por parte de Estados Unidos ha desatado una guerra arancelaria, interrumpiendo cadenas de suministro y elevando los precios. La economía del planeta muestra indicios de una posible crisis, mientras la desigualdad global continúa en aumento. Las economías en desarrollo, a pesar de su creciente importancia en el PIB mundial, siguen fuertemente dependiendo del crecimiento de las principales economías avanzadas.
El cambio climático continúa siendo un factor determinante, asociado a la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos, intensificando fenómenos como los incendios. Los desastres naturales que generaron pérdidas económicas significativas en 2024, dejando al descubierto una considerable brecha en la cobertura aseguradora.
En cuanto a los derechos humanos, el año 2024 puso a prueba la integridad de las instituciones democráticas y los principios del derecho internacional humanitario. Muchos gobiernos no estuvieron a la altura, aplicando estándares de forma inconsistente. Se ha observado un agravamiento de la represión autoritaria en diversos países. Los conflictos armados y las crisis humanitarias han evidenciado el deterioro de las normas destinadas a proteger a la población civil.
La inteligencia artificial y la tecnología emergen como factores de enorme potencial económico, pero también introducen riesgos significativos para la estabilidad financiera y social. El uso de algoritmos de trading automático puede amplificar la volatilidad en los mercados. La concentración del poder de la IA en unas pocas empresas plantea riesgos de abuso de mercado. Asimismo, la desinformación, impulsada por el acceso masivo a datos, crea un entorno informativo tóxico que contribuye a la polarización social y a la inestabilidad política.
Este entrelazamiento de riesgos de una geopolítica volátil con democracias frágiles, autoritarismos en ascenso, una economía global enfrentando deuda, inflación y proteccionismo; un clima cambiante con fenómenos extremos; la persistencia de crisis humanitarias, la amenazas a los derechos humanos; y la irrupción de nuevos riesgos tecnológicos, configuran un complejo y peligroso escenario para el equilibrio global.
Mantener la estabilidad y avanzar hacia un futuro más seguro y justo requerirá un enfoque multifacético: fortalecer la cooperación internacional, defender los derechos humanos y la rendición de cuentas, y adaptarse a las realidades económicas y tecnológicas cambiantes, a pesar de las fuerzas que promueven la fragmentación y la impunidad. La capacidad de navegar este panorama incierto dependerá en gran medida de la voluntad política de los gobiernos y de la resiliencia de la sociedad civil.








