
Por Ramón Morel
En la política, como en la tragedia griega, el mayor enemigo del héroe no es el adversario que tiene enfrente, sino el fantasma que lleva por dentro. Danilo Medina, el hombre que una vez movió los hilos de la nación con la precisión de un relojero suizo, parece haber cambiado el tablero de ajedrez por el látigo del resentimiento. Su reciente y estrepitosa sentencia, “que nadie espere apoyo del PLD”, no sonó a estrategia de supervivencia, sino al portazo final de una casa que prefiere quemarse con su dueño antes que compartir el techo con quien considera su verdugo.
El síntoma de Barahona: Perseguir a los propios
El derrotero del PLD ya no se explica en las encuestas, sino en el diván de lo personal. El caso de José del Castillo Saviñón en Barahona es el ejemplo más crudo de esta patología. Cuando la estructura de mando utiliza el «Tribunal de Ética» no para corregir faltas, sino para fiscalizar lealtades emocionales, el partido deja de ser una plataforma para convertirse en una celda.
Castillo Saviñón, un técnico brillante y político de resultados, no se fue por falta de ideología; se fue porque el aire en el PLD se volvió irrespirable. Al perseguir a su propia «infantería» por sospechas de cercanía con el sector de Leonel Fernández, Danilo no está depurando el partido: lo está desnatando. Está expulsando el talento que aún le quedaba a cambio de una pureza ideológica que no gana elecciones, pero que alimenta el ego de los que se quedan.
La psicología del rencor: El estratega cegado
Resulta paradójico que el mismo hombre que acuñó frases sobre el pragmatismo político hoy sea esclavo de una herida abierta desde 2019. Danilo Medina parece haber olvidado que en el ejercicio del poder, el odio es una carga demasiado pesada para un viaje tan largo. Su rechazo visceral a cualquier sombra de alianza con la Fuerza del Pueblo revela a un líder que prefiere ver al PRM gobernando por doce años más antes que ver a su antiguo compañero de siglas subir las escalinatas del Palacio Nacional.
Esta personalización del debate ha nublado la visión estratégica. Al cerrar las puertas a una unidad opositora real, Medina no solo castiga a Leonel Fernández; castiga a miles de peledeístas que ven cómo su estructura territorial se desmorona mientras el «guía» se atrinchera en un despacho de la Avenida Independencia a contar agravios pasados.
Un caballo fuerte sin jinete (y sin destino)
El PLD se encuentra hoy en una «isla política». Por un lado, el PRM utiliza el aparato estatal para absorber alcaldes y regidores; por el otro, la Fuerza del Pueblo se presenta como el refugio natural de los que aún aspiran al poder. En medio queda Danilo, aferrado al timón de un barco que pierde madera en cada puerto.
Provincias como Santiago, Puerto Plata y Santo Domingo están viendo cómo sus «luces moradas» se apagan. La fuga de líderes no es una traición masiva, es un acto de realismo político: nadie quiere quedarse en un partido que ha decidido que su prioridad número uno es el desquite personal y no la conquista del Estado.
El legado en juego
¿Cómo será recordado Danilo Medina? ¿Como el presidente de las visitas sorpresa y la revolución educativa, o como el arquitecto que demolió el edificio que Juan Bosch tardó décadas en construir?
Si el odio sigue ganando, el PLD se dirige a ser una fuerza testimonial, una reliquia de lo que fue. La política es el arte de lo posible, pero para Danilo, se ha convertido en el arte de lo imperdonable. Al final del día, cuando el rencor dicta la pauta, la victoria se vuelve un estorbo y la derrota, el único refugio de los que prefieren tener la razón a tener el mando. El PLD no está muriendo por falta de votos, está muriendo por exceso de memoria.








