Por Ramón Morel
Cuando las cifras oficiales hablan de crecimiento, pero el ciudadano siente que cada día le cuesta más vivir, la verdadera pregunta ya no es cuánto avanza la economía, sino quién está disfrutando realmente de ese avance.
La República Dominicana exhibe, con razón, indicadores macroeconómicos que muchos países de la región quisieran mostrar. El Banco Central reporta un crecimiento sostenido de la actividad económica, mientras organismos internacionales continúan señalando al país como una de las economías más dinámicas de América Latina. El propio Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento cercano al 4 % para este año, respaldado por la estabilidad de los principales fundamentos macroeconómicos.
Esas cifras existen. Negarlas sería intelectualmente deshonesto.
Sin embargo, también existe otra realidad, menos visible en las presentaciones oficiales y mucho más presente en la mesa de cada hogar: la del ciudadano que siente que el salario rinde menos, que llenar el carrito del supermercado cuesta más, que comprar una vivienda parece una meta cada vez más lejana y que llegar a fin de mes exige un ejercicio permanente de sacrificio.
Ahí comienza la verdadera discusión.
Porque una economía no se evalúa únicamente desde los despachos donde se elaboran las estadísticas. También debe medirse desde el mercado, la farmacia, la estación de combustibles, el transporte público y el presupuesto de una familia promedio.
Mientras el Estado celebra mayores ingresos, el ciudadano enfrenta mayores gastos.
El Banco Central informó que la inflación interanual alcanzó 5.67 % en junio, impulsada principalmente por aumentos en combustibles, alimentos y diversos servicios, situándose por encima del rango meta establecido por la propia autoridad monetaria.
Puede parecer un porcentaje moderado para el análisis técnico. Pero para una familia, esa cifra significa que el dinero compra menos.
Significa renunciar a productos, aplazar decisiones y ajustar prioridades.
La canasta familiar continúa aumentando de precio. Según datos basados en las estadísticas oficiales, cubrir las necesidades básicas de un hogar dominicano requiere cada vez un mayor esfuerzo económico.
Y esa diferencia entre la estadística y la experiencia cotidiana es la que explica por qué muchos ciudadanos escuchan hablar de crecimiento económico sin sentir que ese crecimiento haya llegado a sus hogares.
No se trata de negar los avances.
Se trata de preguntarse quién los está disfrutando.
Una economía puede crecer mientras aumenta la sensación de incertidumbre entre las familias. Puede recaudar más impuestos, exhibir mayor actividad productiva y atraer inversiones sin que ello se traduzca automáticamente en una mejora proporcional del bienestar de quienes viven de un salario o de un pequeño negocio.
Ese es el desafío que enfrenta cualquier gobierno.
Porque el crecimiento es una condición necesaria para el desarrollo, pero nunca suficiente.
Cuando el progreso permanece concentrado en los grandes indicadores y no logra convertirse en tranquilidad para la mayoría de los ciudadanos, comienza a surgir una percepción peligrosa: la de un Estado cada vez más fuerte frente a familias cada vez más vulnerables.
Las redes sociales, las conversaciones en los barrios y las dificultades que describen pequeños comerciantes y emprendedores reflejan precisamente esa percepción de que la economía oficial y la economía cotidiana parecen avanzar por caminos distintos. Aunque esas experiencias individuales no sustituyen las estadísticas, sí revelan un estado de ánimo que ningún gobierno debería ignorar.
La misión de un Estado no consiste únicamente en recaudar mejor, crecer más o exhibir estabilidad macroeconómica.
Su verdadera legitimidad nace cuando esos logros se convierten en mejores oportunidades para la gente.
Cuando una pareja puede comprar su primera vivienda.
Cuando un joven no necesita emigrar para aspirar a prosperar.
Cuando un comerciante puede invertir sin temor a que los costos devoren sus ganancias.
Cuando el trabajador descubre que su esfuerzo mejora efectivamente la calidad de vida de su familia.
El éxito económico de una nación no debería medirse solo por el tamaño de su presupuesto ni por la fortaleza de sus indicadores financieros.
Debe medirse, sobre todo, por la tranquilidad con la que viven sus ciudadanos.
Porque un Estado puede hacerse más rico.
Pero si su pueblo continúa sintiéndose más pobre, la tarea aún está lejos de estar cumplida.








