Por Juan Rivera
Cada 30 de junio, los dominicanos tenemos la oportunidad de volver la mirada hacia la vida y la obra del profesor Juan Bosch, no para rendirle un homenaje meramente ritual, sino para reflexionar sobre la extraordinaria vigencia de su pensamiento político, ético y patriótico.
Me cuento entre los jóvenes que abrazamos la lucha política inspirados en los ideales libertarios de Juan Bosch. Tuvimos el privilegio de formarnos en la fragua de su escuela política, donde aprendimos que la política no es un medio para el enriquecimiento personal ni un instrumento para conquistar privilegios, sino un apostolado al servicio del pueblo y de la nación.
Don Juan comprendió como pocos que la verdadera libertad solo puede florecer en un pueblo políticamente educado. Por ello hizo de la formación política una tarea permanente. Estaba convencido de que únicamente un pueblo consciente de sus derechos y deberes podía defender la democracia, preservar la soberanía nacional, cultivar el patriotismo y convertir la ética en norma de conducta pública.
Bosch fue un dominicano de dimensión antillana y latinoamericana. En cada rincón donde vivió durante su largo exilio llevó consigo el amor por la República Dominicana y la determinación de luchar por su liberación. Desde Puerto Rico hasta Cuba, Costa Rica y Guatemala, compartió experiencias con destacados líderes democráticos de nuestra América y participó activamente en los movimientos que enfrentaban las dictaduras que oprimían a nuestros pueblos. Esa vocación libertaria lo condujo a participar en la organización de la expedición de Cayo Confites y, posteriormente, a fundar el Partido Revolucionario Dominicano, instrumento político con el que abrió una nueva etapa en la lucha democrática nacional.
Pero la mayor herencia de Juan Bosch no fue la creación de un partido, sino la construcción de una doctrina política cimentada sobre valores permanentes: la honestidad, la austeridad, el respeto al pueblo, la justicia social, la institucionalidad democrática y el ejercicio ético del poder.
Lamentablemente, muchos de quienes se proclamaron sus discípulos olvidaron esas enseñanzas cuando alcanzaron posiciones de poder. Donde Bosch predicó austeridad, algunos exhibieron ostentación; donde enseñó servicio público, otros vieron una oportunidad para el beneficio personal; donde habló de dignidad, aparecieron el clientelismo, el abuso del poder y el aprovechamiento del patrimonio público para satisfacer mezquinas ambiciones particulares.
Sin embargo, las desviaciones de algunos hombres jamás podrán desvirtuar la fuerza de las ideas. El pensamiento boschista ha sobrevivido precisamente porque descansa sobre principios y no sobre intereses circunstanciales. Los pueblos pueden ser defraudados por dirigentes, pero nunca por los valores cuando estos permanecen vivos en la conciencia colectiva.
Hoy, cuando nuestra sociedad enfrenta un preocupante deterioro moral, una creciente pérdida de confianza en las instituciones y una peligrosa banalización de la actividad política, las enseñanzas de Juan Bosch adquieren una actualidad extraordinaria. Volver a Bosch no significa mirar con nostalgia el pasado; significa reencontrarnos con una concepción de la política como instrumento de transformación social, de educación ciudadana y de servicio desinteresado al pueblo.
A 117 años de su nacimiento, el mejor homenaje que podemos rendir al profesor Juan Bosch no consiste únicamente en depositar flores ante sus bustos o pronunciar discursos en su memoria. El verdadero tributo consiste en estudiar su pensamiento, practicar sus valores y asumir el compromiso de hacer de la política un ejercicio de honestidad, patriotismo y servicio.
Mientras la República Dominicana necesite hombres y mujeres íntegros, mientras la democracia reclame ciudadanos conscientes y mientras el pueblo siga aspirando a una sociedad más justa, libre y decente, el pensamiento libertario de Juan Bosch continuará plenamente vigente.
En tiempos de capitalismo salvaje, el naufragio institucional y moral en que los malos gobernantes han hundido a nuestra nación, se hace necesario y hasta imprescindible aferrarnos a la impronta del decoro y dignidad que nos legó para siempre la vida fecunda del patriota más ilustre del pasado siglo: Juan Bosch.
¡117 años después, Bosch sigue siendo dignidad, pueblo y alma patria!
El autor es abogado.








