Por Ramón Morel
La última medición de Gallup para Diario Libre deja un dato que el oficialismo repite como victoria. El 51.7 por ciento aprueba la gestión del presidente Abinader. El problema es que el mismo informe contiene los elementos que explican por qué esa cifra no refleja fortaleza, sino desgaste. Basta leerlo completo.
Una aprobación de 51.7 por ciento suena a mayoría, pero en términos estadísticos está al borde del margen de error de 2.8 puntos. Eso significa que el resultado real podría estar en 48.9 por ciento. Cuando un número cae tan cerca de su propio límite de precisión, deja de ser un respaldo sólido y se convierte en un equilibrio inestable. No es una base para gobernar con tranquilidad. Es un piso que se mueve.
El dato que más choca con el relato oficial es la economía. Casi el 63 por ciento de los dominicanos considera que la situación económica del país es mala o muy mala. Solo el 21.6 por ciento la ve bien. Aquí no hay espacio para interpretaciones creativas. Cuando dos de cada tres personas sienten que el país va mal, ninguna cifra de aprobación presidencial se sostiene por mucho tiempo. La gente no vota con los informes de crecimiento. Vota con lo que le cabe en el bolsillo.
Si miramos los temas que más afectan la vida diaria, la imagen se vuelve clara. La seguridad ciudadana tiene un 55 por ciento de desaprobación. La reducción de la pobreza alcanza un 64.5 por ciento de rechazo. El manejo de la deuda pública supera el 55 por ciento en sentido negativo. Estos no son detalles secundarios. Son los pilares que determinan si una gestión funciona o no. Mientras el gobierno celebra el turismo o las obras visibles, la ciudadanía señala los puntos donde el Estado no está cumpliendo su función básica.
Lo más revelador no es el número actual, sino la ruta que trazó para llegar aquí. En marzo de 2024, la misma encuestadora registraba un 70 por ciento de aprobación. Para febrero de 2025, la cifra ya había caído a 59 por ciento. Ahora, en la medición más reciente, se detiene en 51.7 por ciento. Eso es una pérdida de 18.3 puntos en poco más de dos años. No es un bache temporal. Es una línea que baja de manera constante. Y en política, cuando los números caen sin freno, no hay narrativa mediática que los enderece.
Hay otro indicador que pasa desapercibido. Casi el 24 por ciento de los dominicanos no simpatiza con ningún partido político. Ese bloque no está a favor del gobierno. Tampoco está en contra de forma organizada. Está mirando. Esperando. En un contexto donde el 9.7 por ciento califica la gestión como regular y más del 25 por ciento dice que su economía personal no está ni bien ni mal, el terreno está lleno de votantes que pueden cambiar de opinión en cualquier momento. La lealtad no existe. Solo la paciencia. Y la paciencia tiene fecha de vencimiento.
La encuesta no necesita ser manipulada para mostrar un gobierno que pierde terreno. Solo necesita ser leída sin filtros. Un 51.7 por ciento de aprobación que convive con un 62.9 por ciento de percepción económica negativa, con caídas en seguridad y pobreza, y con una tendencia que ya perdió 18 puntos en dos años, no es un mensaje de estabilidad. Es un aviso. Los números oficiales ya cuentan la historia. El resto es solo ruido.








