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Cacería sangrienta… Al Amanecer

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Buenos días. El Listín Diario digital colocó en su portada de este lunes, en horas de la tarde, dos titulares relacionados con ejecuciones policiales: “Policías matan de “manera accidental” a teniente coronel retirado, según informe preliminar del MP” y “La Policía mata a “Bobote” en presunto intercambio de disparos en Villa Mella”.  Nada para sorprenderse puesto que esa es una práctica habitual en República Dominicana, muy a pesar de que aquí no existe la pena de muerte y de que el papel de la Policía Nacional es el de la prevención, garantizar el orden público y perseguir el delito bajo el debido proceso, nunca abrogándose el derecho a la ejecución. Las cifras de asesinatos en los últimos seis años constituyen la mejor prueba de lo que decimos. En ese período, las muertes ocasionadas por agentes policiales representan entre el 16% y el 22% del total de muertes violentas en el país. En otras palabras, unas 800 personas han perdido la vida en presuntos “intercambios de disparos” o intervenciones directas de la fuerza pública. Organizaciones de derechos humanos advierten que muchos casos calificados como «intercambios de disparos» ocultan ejecuciones extrajudiciales donde no hubo resistencia armada alguna por parte de los ejecutados. Es innegable que los dominicanos estamos frente a un desafío de carácter cultural y estructural, y mientras el éxito policial se siga midiendo por las «bajas» en lugar de arrestos y condenas, el conflicto legal y ético perdurará en el tiempo. Lo que queda claro, aunque no ha sido asimilado en las esferas del poder, es que cuando la respuesta a la criminalidad se limita al uso de la fuerza letal, se produce un círculo vicioso que erosiona la confianza en las instituciones. Lamentablemente, se ha normalizado el término «intercambio de disparos» para justificar los asesinatos policiales y mientras el sistema de justicia acepte el acta policial como una verdad absoluta sin contrastarla con peritajes forenses independientes, la impunidad seguirá siendo el incentivo principal para estas ejecuciones. Pero, en definitiva, la verdadera seguridad ciudadana nace del respeto a la vida y la institucionalidad, no del gatillo alegre.

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