Mojiganguiando el sábado

Por Alejandro Espinal F.
En estos tiempos de fluidez informativa hay de todo: desde la veracidad, pasando por las “fake news”, hasta la teoría conspirativa.
Esta última aparece cada vez que ocurre un hecho de cierta gravedad en una comunidad, sobre todo cuando involucra al gobierno, la policía o cualquier estamento del Estado.
Tal como ocurrió en tiempos de pandemia, siempre surge una versión contraria a la oficial.
La teoría conspirativa, fiel a su nombre, siembra dudas sin aportar pruebas. Se alimenta de leyendas, de misterio y de ese aire de “algo no cuadra”, aunque no exista evidencia concreta.
Quienes la sostienen suelen resistirse a los hechos y se aferran a la idea de que hubo un complot en cualquier muerte o accidente.
Pero esto no es nuevo. Se remonta al año 44 a. C., con la muerte del emperador Julio César.
En 1963 tomó gran fuerza con el asesinato del presidente John F. Kennedy, cuando muchos comenzaron a cuestionar la versión oficial.
En nuestro país, el psiquiatra Antonio Zaglul planteaba que el dominicano tiende a dudar de todo. Sin hablar directamente de conspiraciones, decía que si alguien aparecía ahogado en un río, de inmediato se escuchaba: “a ese lo ahogaron”. Y si alguien se caía, no faltaba quien dijera que lo empujaron.
En nuestros barrios también es común ese juicio rápido. Si una mujer llega a medianoche a su casa, lo más probable es que digan que andaba en un motel, aunque venga del hospital cuidando a un familiar.
De igual forma, si un hombre comienza a prosperar, enseguida surgen comentarios de que está en cosas raras o en negocios ilegales.
Ahora bien, hay que admitir que algunas teorías conspirativas han acertado en sus sospechas.
Día de los trabajadores
Ayer se celebró el Día Internacional de los Trabajadores. Nada nuevo que no sea la lucha constante frente a los patronos, especialmente en temas como la cesantía. Las precariedades, sin embargo, siguen siendo las mismas.
A propósito de “patrones”, dicen que el Patrón Santiago no era patrón, porque no tenía fábrica.
Cuentecito
Un muchacho curioso le pregunta a su madre:
“Mamá, ¿por qué papá es calvo?”
La madre responde:
“Porque es inteligente y tiene que pensar mucho”.
El niño no se queda inconforme y replica:
“¿Y tú por qué tienes tanto cabello?”
La madre, sin perder tiempo, responde:
“José, cállate y siéntate a comerte tu moro caliente”.








