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El mito de los millones

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Ramón Morel
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Más allá de la lista: por qué la fuerza política ya no se mide en ailiados

Por Ramón Morel

Durante décadas, la cultura electoral dominicana operó bajo una premisa tácita: mientras más larga la nómina de miembros, mayor la capacidad de convocatoria y, por extensión, mayor la probabilidad de ganar comicios. Esa ecuación, sin embargo, ha quedado obsoleta. Los ciudadanos ya no responden a la logística del número, sino a la claridad del proyecto, la agilidad de la estructura y la coherencia entre lo que se promete y lo que se entrega. Modernizar la organización política no es una opción estética; es una condición de supervivencia institucional.

El espejismo del listado abultado

La idea de que un padrón voluminoso equivale a fuerza electoral es un espejismo estadístico con costos reales. En la práctica, las nóminas infladas se transforman en cargas administrativas, fuentes de pugna interna y mecanismos que diluyen la responsabilidad. La evidencia comparada y los diagnósticos locales convergen en un punto claro: un partido puede operar con total eficacia entre 100.000 y 200.000 militantes comprometidos, o incluso menos, siempre que esa base esté articulada, profesionalizada y alineada con demandas concretas.

El resto no son “faltantes”; son votantes que ejercen su ciudadanía de forma episódica, sin necesidad de firmar un carnet ni someterse a disciplinamientos internos. Exigir que esa mayoría se comporte como cuadro operativo no solo es irreal; es contraproducente.

La ciudadanía cambió sus reglas de compromiso

Hoy, la participación política ya no se entiende como un contrato de lealtad permanente. La gente prefiere apoyar causas puntuales, evaluar resultados y mantener su autonomía. No busca pertenecer a estructuras que exigen presencia obligatoria, votación en bloque o cuotas sin contraprestación clara.

Cuando se trata a un simpatizante como si fuera un militante de base, el resultado es predecible: frustración, desgaste y deserción. Los organismos que insisten en esta confusión terminan empujando una carreta sin ruedas: mucho esfuerzo, cero avance. La fuerza no nace de exigir a quienes no quieren comprometerse formalmente; nace de diseñar canales que respeten los distintos niveles de disponibilidad y conviertan la simpatía en apoyo tangible cuando importa.

Eficiencia operativa sobre inflación numérica

Modernizarse implica, primero, distinguir niveles de vinculación. Un núcleo compacto de cuadros puede gestionar estrategia, comunicación y logística; una red de activistas temporales puede movilizarse en ventanas clave; y una periferia amplia de simpatizantes puede legitimar con su voto sin necesidad de afiliación formal. Medir la fortaleza por el grosor de un registro es confundir volumen con capacidad.

Lo que realmente importa es la tasa de conversión: cuántos de esos nombres responden cuando se les convoca, cuántos entienden el mensaje, cuántos confían en la propuesta y cuántos están dispuestos a defenderla en sus círculos. Un partido con 80.000 miembros activos, procesos ágiles y equipo técnico profesionalizado supera con creces a uno con medio millón de nombres dormidos, reuniones ritualistas y expectativas desalineadas.

De pintar postes a construir redes

Durante años, la visibilidad política se midió en paredes intervenidas, actos multitudinarios y listas que se exhibían como trofeos de influencia. Esa estética perteneció a otra era. Hoy, la relevancia se construye con datos, segmentación, mensajes coherentes y presencia digital estratégica. Pintar postes ya no es sinónimo de arraigo territorial; es un gesto nostálgico que consume recursos sin garantizar impacto electoral.

Las campañas modernas ganan en territorio cuando combinan cercanía real con herramientas ágiles, no cuando intentan replicar modelos del siglo XX en un contexto hiperconectado y exigente. La logística del número ha sido reemplazada por la arquitectura de la confianza: transparencia, rendición de cuentas, propuestas viables y capacidad de respuesta ante crisis.

Qué exige la modernización real

Actualizar el modelo organizativo requiere honestidad estructural. Implica reconocer que la mayoría no desea compromisos formales y, en consecuencia, diseñar escaleras de participación flexibles. Significa profesionalizar la gestión interna, separando lo operativo de lo político y eliminando la burocracia que ahoga la iniciativa. Supone alinear expectativas desde el primer contacto: dejar claro qué implica afiliarse, qué derechos conlleva y qué no se exigirá a cambio. Y, sobre todo, obliga a medir resultados, no trámites.

La legitimidad ya no nace de cuántos nombres hay en un archivo, sino de cuántas soluciones se proponen, cuántas gestiones se transparentan y cuánta confianza se sostiene entre ciclos electorales. Un partido que entiende esto deja de obsesionarse con engordar listados y se enfoca en lo único que mueve la aguja: relevancia pública.

Los partidos que sigan anclados en la mitología del número y en la estética del esfuerzo visible condenan su propio futuro. La fuerza política ya no se acumula; se articula. No se gana con nóminas que engordan papelería, sino con propuestas que movilizan voluntades. Un modelo ágil, transparente y adaptado a las preferencias reales de la ciudadanía no es una concesión a la indiferencia; es la única vía para recuperar vigencia.

Modernizarse no es perder identidad. Es dejar de empujar carretas sin ruedas para empezar a construir caminos.

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