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El «Like» sobre la vida humana… Al Amanecer

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Buenos días. La reprochable muerte del chofer Delvy Carlos Abreu Quezada, no solo nos deja indignación y luto ante un trabajador caído, nos coloca frente a un triste espejo roto que refleja la descomposición más profunda de nuestra sociedad. Lo ocurrido a esa victima perseguida y herida de muerte por una horda de motoristas, trasciende el hecho delictivo para enróstranos los síntomas más crueles de una enfermedad moral que nos está devorando: la deshumanización ante el dolor ajeno. Es inaceptable, y desde este medio lo condenamos con toda la fuerza, la actitud de quienes, en lugar de extender una mano de auxilio, privilegiaron el uso de sus aparatos celulares para hacer videos, incluso, para hacer entrevista solo pensando en ganar audiencia mediática.  Mientras Delvy Carlos luchaba por su último aliento, el impulso de muchos no fue el auxilio, fue sacar provecho, un patrón de conducta que crece cambiado la empatía por el «view» y la solidaridad por el «click». Resulta alarmante que vivamos en una era donde la tragedia se consume como espectáculo. Ver a un ser humano siendo perseguido y atacado mientras el entorno se limita a documentar el horror es la prueba fehaciente de que estamos perdiendo la capacidad de conmovernos. El video se ha convertido en una barrera fría que nos distancia de la realidad; si está en la pantalla, parece no ser real, y si no es real, no tenemos la obligación de ayudar. A esto se suma el componente más indignante de este caso: la omisión del deber por parte de las autoridades. Es imperdonable que agentes policiales, cuya razón de ser es «servir y proteger», hayan ignorado el ruego de auxilio de la víctima. Cuando la institución llamada a garantizar el orden se cruza de brazos ante el crimen, la sociedad queda en un estado de desprotección absoluto que fomenta el caos y la ley de la selva. No podemos permitir que este nivel de indolencia se convierta en nuestra «nueva normalidad». La muerte de Delvy Carlos exige una investigación ejemplar y sanciones drásticas contra los agentes que negaron el auxilio. La negligencia en el servicio no puede ser una falta administrativa; es una complicidad pasiva con la muerte. De igual manera, urge retomar en las escuelas y hogares la formación en valores humanos básicos, enseñar a las nuevas generaciones que la vida tiene una dignidad que ningún algoritmo de redes sociales puede suplantar. La sociedad no puede permitirse que conviertan el dolor humano en entretenimiento por lo que tiene que dejarse claro que quien graba por morbo, es cómplice del olvido y el que reproduce es cómplice de la deshumanización. Hoy deploramos la muerte reprochable de un chofer, pero también hay que llorar la pérdida de nuestra propia humanidad y cuestionarnos si permaneceremos de brazos cruzados…

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