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Dos cabezas y dos planes diferentes

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Trump y Netanyahu. (GPO)/Handout/Anadolu via Getty Images).
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 El conflicto desatado el 28 de febrero de 2026 en Oriente Medio ha dejado al descubierto una grieta profunda y peligrosa entre los dos principales aliados de la ofensiva contra la República Islámica, Estados Unidos e Israel. Lo que comenzó como una operación coordinada para neutralizar amenazas militares se ha transformado en un escenario de caos económico global debido a objetivos divergentes. Mientras Washington intenta ejecutar una guerra quirúrgica y limitada para forzar una transición política, Israel ha optado por una vía que muchos analistas y funcionarios estadounidenses ya califican de irracional, el ataque sistemático a la infraestructura petrolera iraní, poniendo en jaque la estabilidad del planeta entero.

Según la administración de Donald Trump su intervención tiene como objetivo declarado destruir la capacidad de misiles, la marina y el programa nuclear de Irán y ha sido enfático en que no desea un conflicto prolongado. Para Washington, el petróleo es la línea roja. El secretario de Energía, Chris Wright, aseguró que Estados Unidos no tiene planes de atacar la industria energética iraní. La razón es puramente política y doméstica, con las elecciones de mitad de mandato en el horizonte, Trump necesita mantener los precios de la gasolina bajos. Para la Casa Blanca, el petróleo iraní debe preservarse para el «día después» de la caída del régimen, como un activo esencial para la futura economía del país.

En contraste, el gobierno de Benjamín Netanyahu parece actuar bajo una lógica de destrucción total. El pasado sábado, Israel cruzó la línea que Washington intentaba proteger al bombardear más de 30 depósitos de almacenamiento de petróleo en Teherán y Karaj. Esta acción provocó una reacción de asombro en Washington; según informes, funcionarios estadounidenses enviaron un mensaje directo a sus homólogos israelíes. La cúpula militar de EE. UU. quedó sorprendida ante el alcance de un ataque que no les fue notificado con tal magnitud. Al destruir estos recursos, Israel no solo ignora las peticiones de su aliado, sino que fomenta que la población iraní se aglutine en torno a su gobierno ante el desastre humanitario y ambiental, saboteando la estrategia de cambio de régimen de largo plazo.

Las consecuencias de la impetuosidad israelí son tangibles y dramáticas para la economía mundial. El petróleo ha experimentado una subida sin precedentes, con el barril de WTI superando los 118 dólares y el Brent situándose por encima de los 110 dólares. Este incremento del 70% desde el inicio de las hostilidades ha sembrado el pánico en los mercados, provocando caídas masivas en las bolsas de París, Tokio y Seúl.

El cierre de facto del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% de la producción mundial de crudo y gas natural licuado, ha paralizado el flujo energético. La situación ha escalado a un ataque contra la infraestructura civil crítica, con nubes tóxicas cubriendo Teherán y la paralización de refinerías gigantes en Arabia Saudita y plantas de gas en Catar debido a las represalias iraníes.

En conclusión, el mundo asiste a una guerra con dos cabezas que no se comunican. Mientras una intenta salvar el mercado energético para asegurar su supervivencia política, la otra parece dispuesta a quemar el orden económico global con tal de desmantelar hasta el último rastro de su enemigo. Esta divergencia no solo prolonga el sufrimiento en la región, sino que empuja al mundo hacia una recesión y una estanflación que podrían evitarse si la racionalidad económica imperara sobre la furia militar.