El epitafio de una esperanza traicionada
Por Ramón Morel
El discurso de Luis Abinader este 27 de febrero de 2026 ha sido el certificado de defunción de la narrativa que lo llevó al poder. Lo que hoy escuchamos no fue una rendición de cuentas, sino el último estertor de un marketing político que ya no puede ocultar la podredumbre estructural. El «Cambio» ha mutado en una simbiosis peligrosa entre el cemento sobrevaluado, el endeudamiento suicida y una infiltración del crimen organizado que el Palacio Nacional ya ni siquiera intenta disimular.
El fraude del «Ministerio Público Independiente»
La bandera de la justicia independiente ha caído a media asta. El discurso de hoy evitó mencionar cómo los grandes casos de corrupción del pasado y del presente se han diluido en un sistema de «justicia de titulares» sin sentencias firmes. El Ministerio Público «Independiente» ha terminado siendo un órgano de gestión de crisis política: ruidoso con los de fuera, pero ciego, sordo y mudo con los de dentro. La impunidad no ha muerto; simplemente ha cambiado de sastre. Se ha institucionalizado una justicia selectiva que garantiza que la estructura real de poder permanezca intocable mientras se entretiene al pueblo con procesos judiciales eternos que nunca llegan al fondo del erario saqueado.
La sombra del narcotráfico: ¿Estado o cartel?
Es alarmante la fragilidad, o la complicidad, con la que el Ejecutivo aborda la infiltración del narcotráfico en las instituciones. Mientras el presidente habla de radares y lanchas interceptoras, la realidad es que el crimen organizado ha permeado los estamentos legislativos y municipales a niveles nunca vistos. La retórica de «tolerancia cero» se estrella contra la realidad de una campaña política financiada por sectores oscuros que hoy pasan factura. República Dominicana no solo es un puente de tránsito; bajo esta gestión, se ha consolidado como un centro de lavado y logística donde las grandes estructuras criminales operan con una impunidad técnica que sugiere una protección al más alto nivel.
La dictadura del préstamo y la hipoteca racional
El crecimiento que Abinader celebra es una estafa contable. Estamos ante la «Dictadura del Préstamo»: una economía que respira artificialmente gracias a una transfusión semanal de deuda. El país no crece porque sea más productivo, sino porque el gobierno ha hipotecado hasta el aire que respirarán nuestros nietos para sostener un consumo ficticio y obras de relumbrón. Cada dólar que entra por turismo se va por la otra puerta para pagar los intereses de una deuda que ya no es una herramienta, sino una soga al cuello de la soberanía nacional.
El colapso de los servicios: del blackout al caos vial
Las obras emblemáticas, como el Monorriel y la Línea 2C del Metro, son hoy los mayores testigos de la ineficiencia. Con sobrecostos que superan el 40% sobre el presupuesto original, estos proyectos son agujeros negros de recursos. Es una ironía sangrienta que el presidente hable de «transporte del futuro» en un país que ha sufrido dos apagones generales en menos de tres meses. Hemos pasado de la promesa de la eficiencia a la realidad del desmantelamiento: un sistema eléctrico quebrado, una policía que es un brazo armado de la extorsión y una educación que, tras dilapidar el 4%, sigue produciendo analfabetos funcionales.
El veredicto final: un gobierno de fachada
Luis Abinader ha gobernado para el render y para la valla publicitaria. Su gestión es un decorado de cine: impecable de frente, pero sostenido por palos y alambres por detrás. El 27 de febrero de 2026 será recordado como el día en que el país oficial y el país real terminaron de divorciarse.
La historia no perdonará haber usado la esperanza de justicia para instalar una nueva oligarquía del préstamo, ni haber permitido que el narcotráfico se sentara a la mesa del Estado. El «Cambio» no fue una transformación; fue una transición decorada hacia un modelo de país donde el cemento es más caro que la vida, la deuda es más grande que el PIB y la justicia es solo un eslogan de campaña que hoy, finalmente, ha quedado enterrado en la Asamblea Nacional.








