Por Leonardo Cabrera Díaz
Me dijo un día que se marcharía,
dispuesta a gozar de la vida
y a disfrutar su plenitud.
La miré y sonreí: ¡qué tonta!, pensé.
¿Cómo podría alejarse
si mi vida es toda suya?
Al verme reír, se disgustó.
—¿Crees que es broma? —replicó—.
Ya verás, te daré un susto.
Me reí a carcajadas, le guiñé un ojo
y entre besos, su enojo estalló.
Echaba chispas, pura candela,
atrapada en un berrinche de miel.
Le dije: —Dulce primor,
deja el orgullo y el rechazo;
ven aquí, dame un abrazo,
que si estamos juntos, es porque Dios quiso.
Leva el ancla y ven conmigo,
naveguemos a toda vela.
No temas al mar bravío
ni a sus aguas turbulentas.
Aunque parezca una odisea,
nos aguarda la panacea.
¡Vayamos por ella,
contra viento y marea!
Con Dios siempre, a sus pies.








