Por Leonardo Cabrera Díaz
En una noche de parranda y bohemia, la conocí yo a ella y ella me conoció a mí.
Nos conocimos. Yo hablé con ella y ella habló conmigo. Hablamos.
Entre tragos y sonrisas, le tomé las manos y ella tomó las mías. Nos agarramos.
De forma inesperada, besé su boca y ella besó la mía. Mordí suavemente sus labios y ella mordió los míos.
Y así, entre caricias, abrazos y otras tantas cosas, la llevé a la cama y ella fue conmigo. Despacio, lentamente, fui quitando toda su ropa y ella me quitó toda la mía.
La miré… ¡Oh Dios, qué hermosa es! «¡Qué privilegio el mío!», pensé.
Ella me miró, pero realmente no sé qué pensaría; sonrió al verme desnudo como diciendo: «Bueno, esto es lo que hay».
Entonces hicimos el amor con furia, con fuego, con locura.
Así hicimos el amor, yo con ella; pero no sé si ella lo hizo conmigo o con algún amor del pasado lejano o del pasado reciente.
Pero igual lo disfruté. Realmente quedé encantado.
Y así, tantas veces hicimos el amor… yo siempre con ella, pero no sé si ella siempre lo hizo conmigo.
De ella yo me enamoré, pero no sé si ella de mí se enamoró. Es más, ni siquiera me importó.
Tanto así, que entiendo que la barriga es mía; pero el muchacho… en verdad, no lo sé.
Con Dios siempre.








