Inicio Opinión ¿Vale más la sal que el chivo?… Mojiganguiando el sábado

¿Vale más la sal que el chivo?… Mojiganguiando el sábado

57
0
Spread the love

Mojiganguiando el sábado

Alejandro Espinal

Por Alejandro Espinal F.
A menudo nos encontramos con situaciones en las que los servicios o los materiales para realizar una construcción o una reparación resultan más caros que el objeto en sí.
Un ejemplo muy común ocurre cuando llevamos un electrodoméstico a reparar y el técnico nos cobra igual o más de lo que cuesta comprarlo nuevo. Lo mismo sucede cuando hacemos un viaje fuera de nuestra ciudad para adquirir algún artículo y, al final, el costo de ir y regresar supera con creces el valor del bien comprado.
De ahí surge la expresión, muy usada en nuestro país y en otros de América Latina: “vale más la sal que el chivo”.
Esta frase tiene su origen en tiempos pasados, cuando se utilizaba gran cantidad de sal para preservar la carne de chivo. En aquella época no existían las neveras ni el hielo, por lo que era necesario cubrir la carne con abundante sal y especias para conservarla de un día para otro.
Resulta que, en muchas ocasiones, la sal terminaba costando más que el propio chivo, debido a su alto consumo y a la necesidad de preservar los alimentos ante la falta de refrigeración. De ahí que, cuando el remedio sale más caro que la enfermedad, digamos sin pensarlo mucho: “vale más la sal que el chivo”.
Estamos en Navidad, y este miércoles 24 celebramos la Nochebuena. Ojalá que todos los seres humanos puedan tener su cena navideña, aunque sea humilde, pero llena de paz y unión familiar.
Y como no hay Navidad sin música, recordemos algunos merengues y canciones emblemáticas de estas fechas:
Noche de Paz
Mamasita, ¿dónde está Santa Claus? – José Feliciano
El tren de la Navidad
Salsa pa’ tu lechón
Alegre vengo de la montaña
A las arandelas
El vecino está borracho
Volvió Juanita

El cuentecito
Llega un cura nuevo a un pueblo donde las infidelidades femeninas eran bastante comunes, sobre todo por las largas ausencias de los maridos. Muchos de ellos eran marinos mercantes o pescadores que pasaban meses fuera de casa.
Las mujeres acudían a confesarse y, para no decir directamente que habían sido infieles, le decían al sacerdote que se habían “tropezado”. En ocasiones, incluso varias veces al día.
El enviado de Dios, para hacer más ágil la confesión, les propuso que en vez de explicar tanto, dijeran algo como:
—Padre, ayer me caí dos, tres, cuatro o cinco veces.
Efectivamente, las mujeres comenzaron a seguir el código:
—Padre, ayer me caí tres veces…
—Padre, ayer me caí cinco veces…
Lamentablemente, el cura enfermó y fue sustituido por otro que no conocía la clave. Este nuevo sacerdote se sorprendió al ver tantas mujeres confesando que se caían con tanta frecuencia.
Alarmado, fue donde el alcalde del pueblo y le pidió que arreglara las calles, porque las mujeres se estaban cayendo demasiado.
El alcalde soltó una carcajada digna de Jochy Santos, pues conocía perfectamente la situación y el método del cura anterior.
Entonces el sacerdote, molesto, le dijo al ejecutivo municipal:
—No se ría tanto, que ayer su mujer se cayó cinco veces. ¿No le da vergüenza?