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Seguridad económica y relaciones dominico-haitianas

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Nelson Reyes, presidente de la Fundación Ecológica Tropical.
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Entre desafíos y oportunidades

Por Nelson Reyes Estrella

A propósito del informe presentado por el Consejo Económico y Social (CES), que recoge las conclusiones del diálogo nacional sobre la crisis haitiana y las reuniones sostenidas por el presidente Luis Abinader con los expresidentes Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina, en mi investigación Final del Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia, realizado en la Universidad a Distancia de Madrid, abordé la seguridad económica en las relaciones dominico-haitianas, partiendo de un análisis histórico y de los factores que condicionan el comercio y la migración.

El estudio muestra que la seguridad económica no puede desligarse de la estabilidad social, la política migratoria y la cooperación internacional, por esto en el presente artículo abordamos las problemáticas para sugerir un abordaje político estratégico.

La isla de Santo Domingo encierra una paradoja histórica: dos naciones con culturas distintas, trayectorias políticas divergentes y economías desiguales, obligadas a convivir en un mismo territorio insular. República Dominicana y Haití han compartido siglos de tensiones, desencuentros y desconfianzas, pero también una interdependencia que no puede ignorarse. La seguridad económica se ha convertido en el núcleo de este vínculo complejo, donde el comercio, la migración y la frontera definen el presente y el futuro de ambos Estados.

Los inicios de una historia de encuentros y tensiones.

Hacia 1650, los piratas franceses comenzaron a establecerse en la parte occidental de la isla, lo que generó tensiones con los españoles. Este asentamiento marcó eternamente la historia de la isla, ya que rápidamente obligó a las potencias europeas a negociar acuerdos que obligaba a España a ceder parte del territorio insular en América. Como consecuencia, se firmó la Paz de Nimega en 1678 entre Francia y España, la cual marcó el fin de una etapa de conflictos que tuvo repercusiones directas en la isla de Santo Domingo. Aunque no resolvió por completo las disputas entre los colonos franceses y españoles, este acuerdo permitió un acercamiento inicial entre ambas poblaciones y planteó por primera vez la necesidad de delimitar territorialmente sus asentamientos.

Este proceso informal de división territorial culminó décadas más tarde con el Tratado de Ryswick en 1697, mediante el cual España reconoció oficialmente la ocupación francesa en la parte occidental de la isla, que pasó a llamarse Saint Domingue. La consolidación de esta colonia francesa, basada en un sistema esclavista y una economía de plantaciones, la convirtió en una de las más prósperas del mundo. Sin embargo, los conflictos fronterizos persistieron hasta que en 1777 se firmó el Tratado de Aranjuez, que estableció oficialmente los límites entre las dos colonias, dando forma definitiva a la división de la isla de Santo Domingo.

Desde el Tratado de Aranjuez (1777), que dividió la isla entre España y Francia, hasta la independencia de Haití en 1804 y su posterior ocupación de la parte oriental (1822-1844), las relaciones bilaterales han estado marcadas por acuerdos y conflictos que todavía influyen en la percepción mutua. La revisión de límites en 1929 y otros tratados posteriores buscaron encauzar la convivencia, pero la fragilidad histórica persiste. Esta herencia, unida a la debilidad institucional haitiana y a la falta de políticas coherentes a largo plazo, condiciona hoy los principales retos de la seguridad económica.

Comercio y Migración: Desafíos y Oportunidades para la Seguridad y el Desarrollo Binacional.

Haití es uno de los principales socios comerciales de la República Dominicana y el único país con el que mantenemos una balanza favorable. Nuestras exportaciones, alimentos, productos agroindustriales, bienes manufacturados y materiales de construcción constituyen un pilar estratégico de la economía nacional, generando divisas y empleos.

Sin embargo, este intercambio convive con un comercio irregular. El contrabando de mercancías y el tráfico ilícito de personas en la frontera erosionan las arcas públicas, distorsionan la competencia y alimentan redes ilegales. Ferias binacionales en Dajabón, Jimaní, Elías Piña y Pedernales demuestran la vitalidad de la relación comercial, pero también la carencia de regulación y control. El dilema es evidente: mientras el comercio formal representa una oportunidad de desarrollo, la economía informal y el contrabando se convierten en una amenaza directa para la seguridad económica dominicana.

La migración haitiana hacia la República Dominicana es otro de los factores, miles de ciudadanos cruzan la frontera empujados por la pobreza, la falta de oportunidades y la inestabilidad política de su país. Aunque la mano de obra haitiana resulta esencial para sectores como la agricultura, la construcción y los servicios, la ausencia de una aplicación efectiva de la Ley de Migración ha generado flujos descontrolados.

El impacto es múltiple: presión sobre hospitales y escuelas, tensiones culturales en comunidades fronterizas y desafíos en el mercado laboral. Más que la presencia haitiana, el problema radica en la ausencia de políticas claras y sostenibles que regulen el fenómeno con criterios de legalidad, integración y justicia social. La migración irregular no solo compromete la estabilidad institucional, sino que también se convierte en un desafío de seguridad nacional.

Una crisis que repercute en toda la isla y la cooperación como oportunidad histórica.

Haití es considerado el país más pobre de América y uno de los más vulnerables del mundo. Su crisis política permanente, la debilidad de sus instituciones y la dependencia de la ayuda internacional han creado un escenario de inestabilidad crónica. Para la República Dominicana, esta situación no es ajena: la inestabilidad del vecino se traduce en presiones migratorias, inseguridad fronteriza y riesgos económicos.

No se trata de asumir en solitario el peso de Haití, sino de reconocer que su crisis afecta directamente a la seguridad dominicana. Ignorar esta realidad sería un error estratégico.

Pese a los desafíos, también existen oportunidades. Convertir la frontera en un espacio de desarrollo sostenible, con mercados regulados, parques industriales, proyectos productivos conjuntos e inversión en zonas fronterizas, podría transformar la dinámica de conflicto en una relación de beneficios compartidos.

La cooperación no debe limitarse a acuerdos gubernamentales. La sociedad civil, los sectores productivos y la comunidad internacional tienen un papel esencial en el diseño de proyectos que fortalezcan las capacidades productivas de Haití y formalicen el comercio bilateral. Solo un Haití más estable permitirá una República Dominicana más segura.

Algunas conclusiones de la investigación se resumen a continuación:

  1. La seguridad económica dominico-haitiana es inseparable de la seguridad nacional: el comercio y la migración deben gestionarse como asuntos estratégicos del Estado.
  2. La crisis estructural de Haití es un factor que incide directamente en la estabilidad social, económica e institucional dominicana, por lo que su superación no puede verse como un tema ajeno.
  3. El comercio binacional formal ofrece un potencial de desarrollo importante, pero su sostenibilidad depende de políticas que reduzcan el contrabando, la informalidad y las prácticas ilícitas en la frontera.
  4. La migración haitiana seguirá siendo un fenómeno constante; la diferencia la marcará la capacidad de República Dominicana para regularla, integrarla y administrarla en función de sus necesidades y posibilidades.
  5. La historia demuestra que los enfoques de imposición y aislamiento han fracasado; la cooperación genuina, el respeto mutuo y los acuerdos sostenidos son el único camino viable.

Entre las recomendaciones realizadas en la investigación están las siguientes:

  1. Fortalecer el control fronterizo mediante el uso de tecnología, mayor presencia institucional y cooperación internacional que reduzca los flujos ilegales de mercancías y personas.
  2. Formalizar el comercio bilateral con mecanismos de transparencia, mercados binacionales regulados y acuerdos que garanticen la competencia leal.
  3. Revisar y aplicar con rigor la Ley de Migración, creando políticas que permitan la integración laboral ordenada de la mano de obra haitiana en sectores productivos clave.
  4. Impulsar proyectos de desarrollo fronterizo que conviertan esta franja en un polo de inversión, empleo y cooperación binacional en lugar de un espacio de conflicto.
  5. Promover la cooperación internacional enfocada en Haití, no desde la injerencia, sino desde el fortalecimiento de sus capacidades productivas e institucionales.
  6. Construir una política de Estado de largo plazo, que trascienda gobiernos y coyunturas, colocando la seguridad económica dominico-haitiana como un asunto estratégico de supervivencia compartida.

Finalmente, la seguridad económica en las relaciones dominico-haitianas no es un asunto académico ni un debate político aislado: es un tema vital de supervivencia compartida. El futuro de la República Dominicana depende, en parte, de cómo se gestionen nuestras relaciones con Haití. El comercio, la migración y la cooperación deben asumirse como pilares de una estrategia de Estado que proteja los intereses nacionales, pero que también reconozca que no podemos aislarnos de la realidad haitiana.

La historia demuestra que la imposición nunca ha funcionado. El camino es la cooperación genuina, el respeto mutuo y la visión de que, aunque dividida en dos naciones, nuestra isla tiene un destino común. Solo a través de una gestión responsable y compartida podremos garantizar que La Isla, en su diversidad, avance hacia un futuro de paz, seguridad, estabilidad y prosperidad.

El autor es Doctor en Economía. Politólogo, periodista, abogado, ecologista; con maestría en Derecho y Relaciones Internacionales, Seguridad Defensa y Geoestrategia y Gestión de la Comunicación Política y Electoral.

 

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