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Samaná, una codicia extranjera

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Samaná
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Estuve en Las Terrenas, en Samaná, y al ver los rostros de las personas confirmé lo que siempre he sabido: los dominicanos nos reconocemos de inmediato, sin importar si son mulatos, blancos, negros o mestizos. Hay un aire común en nuestros rasgos, una fuerza vital que nos distingue en cualquier rincón del mundo. Alfonso Torres, amigo de infancia, define a Las Terrenas como una comunidad abierta.

Pero detrás de esas miradas que afirman nuestra identidad, se alzan las playas de Las Terrenas, hermosas y deslumbrantes, verdaderos tesoros naturales de la República Dominicana. Son paisajes que deberían ser orgullo y disfrute de todo un pueblo, patrimonio compartido de quienes habitan esta tierra.

Sin embargo, esas mismas playas están en la mira constante de las élites turísticas y del capital extranjero. Lo que para el pueblo es territorio heredado por historia, sudor y cultura, para otros es mercancía codiciada, oportunidad de negocio y plataforma de acumulación de riquezas. Samaná, tierra dominicana, es cada vez más espacio disputado por el mercado turístico global, que pretende reducir la vida y la identidad de nuestros pueblos a un simple espectáculo para forasteros.

Este contraste no es casualidad. Es la manifestación clara de cómo el capital penetra, se apropia y despoja, disfrazando su avidez bajo el ropaje del “desarrollo turístico”. Donde hubo comunidades pesqueras, campesinas y laboriosas, hoy se levantan muros de exclusión, hoteles de lujo y complejos privados que aíslan al pueblo de lo que siempre fue suyo.

Samaná es la metáfora viva de un dilema nacional: nuestras riquezas naturales y culturales frente a la insaciable codicia de quienes no reconocen límites. La identidad dominicana está ahí, en los rostros de su gente, pero también debe estar en la defensa de la tierra, las playas y el derecho colectivo a disfrutar de lo que nos pertenece.

Hoy más que nunca debemos afirmar que la belleza de Las Terrenas y de toda Samaná no puede convertirse en botín de unos pocos. Es patrimonio común de la nación dominicana, que no debe cederse ni entregarse a las lógicas depredadoras del capital extranjero.

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