Inicio Opinión ¿Y de cuándo acá ser rico es requisito para dirigir?

¿Y de cuándo acá ser rico es requisito para dirigir?

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Desde hace un tiempo, ha ido calando en el pensamiento popular una idea tan absurda como peligrosa: que para dirigir un país, un partido o incluso un barrio, hay que ser rico, o por lo menos tener el visto bueno de los que siempre han mandado.

Y lo peor es que esa creencia no siempre nace de los ricos. No, señor. A veces es el mismo pueblo el que la repite como si fuera una verdad sagrada. Uno lo oye en la parada del concho, en la fila del colmado, hasta en la casa:
—“Fulano no tiene con qué… ¿cómo va a gobernar?”
—“A ese nadie le hace caso… no es del grupo.”

¿Y desde cuándo la capacidad de servir a los demás depende del saldo en una cuenta bancaria o de la bendición de un grupo cerrado de privilegiados?

La historia está llena de ejemplos que lo desmienten, pero el poder ha sabido sembrar bien su cuento. Nos han hecho creer que si no eres parte del círculo dorado, si no saludas de codo a los poderosos o no estudiaste con ellos en el colegio privado, entonces no tienes lo que se necesita.

Y esa narrativa la han metido con tal fuerza, que muchos hombres y mujeres valiosos se autocensuran. Sienten que por no tener “contactos”, por no hablar con palabras difíciles o por no vestirse con saco y corbata italiana, no pueden aspirar a liderar nada.

Pero, ¿de verdad eso define quién puede dirigir? ¿Un reloj caro? ¿Un apellido sonoro? ¿Una amistad con banqueros? ¿Un par de selfies con ministros?

Si así fuera, este país debería estar nadando en desarrollo hace décadas, porque ricos y «apadrinados» es lo que más ha gobernado.

Lo irónico es que muchas de las grandes soluciones que necesita el país no pasan por la chequera del dirigente, sino por su sensibilidad, su vocación, su integridad. Y eso, que se sepa, no se compra en la zona colonial ni en los pasillos del Congreso.

Un verdadero líder no se mide por la finca que tiene, sino por la firmeza con que defiende a su gente. No por cuántos lo saludan en los salones exclusivos, sino por cuántos lo respetan en los callejones.

Y es que el problema no es solo que los poderosos se crean con derecho a mandar. El problema más grave es que el pueblo a veces se lo cree también. Es el propio pueblo el que se burla de aquel que viene de abajo y quiere proponer algo distinto.
—“¿Y ese de dónde salió?”
—“¿Tú crees que lo van a dejar pasar?”
—“No tiene con qué pelearle a los grandes.”

¡Como si hacer lo correcto necesitara permiso de los que siempre han hecho lo incorrecto!

Hay que romper esa mentalidad. Porque mientras sigamos creyendo que la pobreza descalifica para liderar, **le estaremos entregando el poder eternamente a los mismos de siempre. Los que lo heredan, lo compran o lo manipulan desde la sombra.

Y así, cada vez que aparece alguien con ideas nuevas, con amor por su gente, con deseo real de transformar, la maquinaria elitista se activa: lo ridiculiza, lo acusa, lo aísla… y cuando no puede con él, lo compra.

Y si el tipo no se vende, entonces se lanza la frase mágica, la que hemos oído mil veces en este país:
—“Ese no va para parte. No es de los de arriba.”

¿Y qué significa exactamente “ser de los de arriba”? ¿Acaso el mérito está en dónde naciste y no en lo que haces? ¿En cuánto tienes, y no en cuánto vales?

No hay que ser millonario para saber cuándo hay que alzar la voz. No hay que codearse con la oligarquía para tener sentido común. Y no hay que tener apellido extranjero para tener dignidad.

Los pueblos que avanzan son los que entienden que el liderazgo no tiene clase social, sino clase humana. Los que rompen el molde, los que no aceptan que la política sea un club privado al que solo se entra con invitación de los ricos.

Es tiempo ya de pensar con la cabeza propia. De dejar de medir a los aspirantes por su fortuna y empezar a juzgarlos por sus actos, su ética, su entrega.

Porque si seguimos creyendo que solo puede dirigir quien ya ha sido aceptado por la clase dominante, entonces no estamos pidiendo un líder… estamos rogando por un capataz simpático.

Y así no hay cambio que valga.

Entonces: ¿De dónde sacan que para dirigir hay que ser rico o de la clase dominante, o incluso, aceptado por ella?

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