
La historia reciente de Estados Unidos nos tiene acostumbrados a espectáculos grotescos que, bajo la apariencia de pugnas personales, encubren las verdaderas luchas de poder por el control ideológico del imperio. Tal es el caso del enfrentamiento en curso entre el presidente Donald Trump y Elon Musk, magnate de la tecnología, ex-aliado estratégico de su gobierno y ahora adversario declarado. Este conflicto no se limita a un cruce de egos: es la expresión visible de la fractura dentro del bloque dominante, entre el viejo autoritarismo nacionalista y el nuevo absolutismo digital.
El origen de la alianza
Durante el primer mandato de Trump (2017–2021), Musk se integró al Consejo Asesor Empresarial del presidente, una plataforma que buscaba articular los intereses del gran capital con las políticas de “America First”. Aunque abandonó el consejo en 2017 tras la salida de EE. UU. del Acuerdo de París, su relación con Trump nunca fue del todo hostil. Musk fue clave en la promoción de una narrativa tecnocrática favorable a la desregulación, a la privatización del espacio (SpaceX y contratos con la NASA) y a la expansión de modelos empresariales disruptivos, alineados con el espíritu anti-establishment del trumpismo. [1]
El conflicto actual
El giro se ha hecho explícito en 2025, cuando Elon Musk, desde su plataforma X, cuestionó abiertamente la capacidad de Trump para dirigir el país y sugirió que debería ser destituido, señalando “desequilibrios mentales peligrosos” y un “manejo irresponsable del poder ejecutivo”. [2] La respuesta de Trump no se hizo esperar: calificó a Musk de “traidor”, “maniático tecnócrata” y “agente globalista”, acusándolo de intentar “manipular las elecciones desde Silicon Valley”.
Este enfrentamiento revela dos proyectos incompatibles en la disputa por el control de la narrativa de la derecha global:
- Trump representa el fascismo emocional, basado en el resentimiento de masas, el supremacismo blanco, el negacionismo climático y el nacionalismo económico.
- Musk encarna el autoritarismo digital de élite, sustentado en la ilusión de la “libertad tecnológica”, el control algorítmico del discurso y la gobernanza de plataformas privadas por encima de los Estados.
Dos formas del mismo monstruo
Ambos modelos son funcionales al sistema capitalista en su fase senil e imperialista. Trump apunta al músculo del Estado-nación; Musk al dominio de las redes transnacionales. Uno quiere controlar el poder con fanáticos armados; el otro con servidores, satélites y neuro chips. Como advierte el filósofo coreano Byung-Chul Han, “estamos asistiendo al paso de la biopolítica a la psicopolítica: ya no se gobierna por la represión, sino por el control de la atención y los deseos”. [3] Y en ese campo, Musk juega con ventaja.
El fondo es el mismo: la concentración extrema del poder económico y simbólico en manos de élites que desprecian la democracia, pero se visten con sus ropajes cuando les conviene.
Las masas como botín
La disputa entre Musk y Trump no es por contradicciones ideológicas, sino por audiencias. Por eso ambos libran su guerra en plataformas digitales: quieren captar, fanatizar y movilizar a las masas en función de sus intereses. La “libertad de expresión” que Musk dice defender al reinstalar cuentas de ultraderechistas no es un principio, sino una coartada. Al igual que Trump utiliza el nacionalismo como vehículo del poder, Musk utiliza el anti-wokeismo como marca comercial. Ambos explotan el miedo al cambio y la rabia social, pero desde polos distintos del capitalismo contemporáneo.
Lo que está en juego
La propuesta de Musk de destituir a Trump no es una corrección ética, sino una señal de que los bloques dominantes están en guerra. Silicon Valley quiere desplazar a los viejos caudillos por CEO’s que gobiernen sin Congreso ni Constitución. Trump, en cambio, quiere eliminar a los CEO’s para restaurar su caudillismo desde la nostalgia del imperio blanco.
En esta pelea no hay salvadores. Hay que recordar lo que dijo Bertolt Brecht: “Desgraciado el país que necesita héroes”. Más aún si esos “héroes” son millonarios delirantes que pretenden rediseñar la sociedad como si fuera una app.
Para concluir
El conflicto entre Trump y Musk es una señal de descomposición. La derecha imperial se rompe, se contradice, se canibaliza. La izquierda no debe caer en el error de elegir un bando entre estos titanes. Nuestra tarea es construir una alternativa popular que confronte ambas formas del dominio: el bonapartismo fascista y el tecnofeudalismo digital.
El contexto no es de conciliaciones, sino de claridad. Si los monstruos se devoran entre sí, celebrémoslos. Pero no olvidemos que mientras ellos pelean, los pueblos siguen sufriendo. Y sólo una política de emancipación real podrá abrir un futuro distinto.
Referencias:
- Sorkin, A. R. (2017). Elon Musk leaves Trump’s business council after Paris’ decision. The New York Times.
- CNN Politics (2025). Musk calls for Trump’s removal, citing erratic behavior and national risk.
- Han, Byung-Chul (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.
- Varoufakis, Yanis (2023). Tecnofeudalismo: El futuro del capitalismo. Paidós.
- Zuboff, Shoshana (2019). The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs.








