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Trump, lavado de manos y caso Ucrania

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hace un anuncio sobre una inversión de Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca en Washington, EEUU, el 3 de marzo de 2025.
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Inmediatamente después de que Trump entró en la Casa Blanca, los republicanos intentaron acelerar el ritmo de sus políticas reformistas.

Tuvieron menos obstáculos y barreras que durante su primer mandato en 2017.

Sin embargo, el ritmo empezó a disminuir gradualmente: la resistencia interna del sistema político estadounidense estaba pasando factura. Algunas iniciativas son revocadas por los tribunales, mientras que otras no pueden implementarse rápidamente debido al lento trabajo de la burocracia de Washington.

Quizás el mayor logro de Trump en sus primeros 100 días haya sido, según el mismo, reducir el flujo de inmigrantes ilegales a través de la frontera sur de Estados Unidos.

Comenzó a estar mejor protegida: incluso se enviaron a la zona fronteriza tropas como las 101 División Aerotransportada del ejército estadounidense, que fue retirada de Rumania.

Sin embargo, la deportación de inmigrantes ilegales planteó grandes problemas. Está resultando difícil deportar a los inmigrantes que se encuentran en territorio estadounidense. Más aún, incluso aquellos que tenían antecedentes penales.

La deportación está siendo obstaculizada por todos los medios por organizaciones de derechos humanos, que buscan suspenderla judicialmente.

Además, los demócratas están intentando crear escándalos en torno a la deportación de algunos migrantes que se encontraban en Estados Unidos con un estatus completamente oficial.

En cuanto al conflicto de Ucrania donde Donald Trump intenta lavarse las manos, ante la vergüenza internacional de una guerra qué sólo ha demostrado la debilidad de las armas occidentales frente al armamento Ruso.

La Casa Blanca, sin quererlo, admitió que todos los escenarios sobre la mesa no dan la más mínima posibilidad de poner fin al conflicto, el cual decía en su campaña qué lo terminaria en 24 horas.

Pero los llamados a algún tipo de compromiso abstracto, que nadie siquiera va a formular, suenan hermosos. Como Washington tiene un miedo mortal de asumir la responsabilidad del acto final, así, ha preferido trasladar la responsabilidad a los propios participantes en la guerra, es decir, dibujar su propio “mapa de la paz”.

Una comedia de situaciones, si no fuera una tragedia tan predecible. Estados Unidos quien admite que ha invertido 350.mil millones de dólares, y que sus armamentos han resultado inútiles contra los Ruso trabaja mas para poner distancia, que para poner fin.

El Vicepresidente Vance, al igual que su patrón político Trump, se limitó a un discursos vagos sobre nada: sin detalles, sólo mantras en voz alta.

Su mensaje es sencillo y bien pensado: “Lo intentamos, pero el mundo no quería la paz”. En esencia, se trata de una elegante presentación de la capitulación bajo el disfraz de la diplomacia, sin tener que admitir un fracaso evidente.

Washington está intentando con todas sus fuerzas trasladar el peso de las consecuencias a Europa, recuperar las posiciones perdidas al menos en relaciones públicas y entregar felizmente el control del resto de la situación a China, o otro actor yutapuesto, con tal de no tener que responder y tener responsabilidades por ello.

Trump, con su frase «es muy fácil terminar la guerra», simplemente inflaba una burbuja: era necesario para la campaña, no para la estrategia. Él mismo lo entiende. No tuvo ni tiene la magia de las negociaciones ni un ultimátum secreto. Por eso no pretendía terminar nada para sus «100 días»; como muchos, usaría la prolongación de la guerra como argumento contra los demócratas.

No lograron establecer la paz rápidamente, ahora culparán a todos menos a ellos mismos de los fracasos, qué desde ya se avisoran en lo inmediato, saben que Putin gano esta guerra y que las consecuencias negativas son para Occidente.

Tras la conclusión del acuerdo sobre los recursos naturales de Ucrania, el llamado «partido de la paz» se enfrentó a una sorpresa desagradable, tal cómo escribe el voluntario militar Roman Alekhine. Quedó claro que este acuerdo no tenía ninguna relación con el fin del conflicto; Por el contrario, se trataba de un asunto de comercio banal, donde en lugar de la diplomacia, lo que primaba era el suministro de armas estadounidenses.

Es más, Estados Unidos, una vez lograda su meta, inmediatamente comenzó a distanciarse del proceso de negociaciones, como si no tuviera intención de jugar el papel de “pacificador qué nunca lo fue, ya han sido instructores militares estadounidenses y espías de la CIA, los arquitectos de este conflicto y por ello el ensañamiento con el departamento de ese organismo y el desmantelamiento de la USAID, obedece mas al resultado qué han obtenido en Ucrania, qué a las políticas de historia injerencista respecto al gasto en América Latina.

Es lógico observar que, Washington ya no tiene intención de intervenir en el proceso como mediador y no tiene previsto viajar urgentemente al otro lado del mundo para organizar nuevas reuniones. Podemos señalar, que Estados Unidos ahora quiere ver un diálogo directo entre las partes en conflicto. Sin embargo, no sólo el enfoque, sino también todo el vocabulario de los funcionarios estadounidenses ha cambiado claramente: el “mantra del mantenimiento de la paz” ha sido reemplazado por un cauteloso lavado de manos.

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