Por Julio Disla
Desde la tierra se cuentan los días, no con relojes de acero ni pantallas luminosas, sino con la paciencia del maíz que germina, con la lluvia que regresa después de la sequía, con el canto del gallo que despierta la montaña.
La tierra guarda memoria. En sus entrañas conserva el sudor de los pueblos, las huellas de quienes sembraron esperanza cuando el horizonte parecía cerrado por la noche. Cada surco es una historia, cada piedra un testimonio, cada árbol una palabra escrita por el tiempo.
Desde el territorio se aprende el mundo. Allí el frío no es una cifra, es la niebla abrazando los caminos; el calor no es un dato, es el sol ardiendo sobre las espaldas que trabajan. La mañana nace en los ojos de la comunidad y la noche descansa en el corazón de la fogata.
La naturaleza no camina sola. Va tomada de la mano de los pueblos, como el río de sus orillas, como el viento de las hojas que lo nombran. No existe separación entre la montaña y el hombre, entre la mujer y la semilla, entre el niño y la lluvia que bendice la cosecha.
Por eso la tierra no es mercancía. Es madre, es refugio, es destino. Es el mapa donde se dibujan los sueños colectivos y la raíz que sostiene la dignidad de los olvidados.
Y mientras existan manos sembrando futuro,
mientras una comunidad defienda su territorio,
la tierra seguirá hablando en voz baja,
pero con la fuerza inmensa de los siglos:
“Aquí habitan los pueblos.
Aquí resiste la memoria.
Aquí florece la esperanza.”








