Mojiganguiando el sábado

Por Alejandro Espinal F.
Al escuchar este título, es posible pensar que se trata de un cuento de camino o simplemente de una forma de llamar la atención del lector. Pero no. Es una expresión antigua que invita a la reflexión cuando el resultado es muy inferior a las expectativas creadas.
Según Esopo y Horacio, figuras legendarias de la literatura, esta anécdota se remonta al siglo VI a. C. Narra que la montaña de un pueblo comenzó a temblar desde sus entrañas, expulsando humo y dejando escuchar quejidos profundos. Con el paso del tiempo, la intensidad y la velocidad de aquellos movimientos aumentaban.
Reunidos los sabios del lugar, concluyeron que aquellos golpes y lamentos eran señales claras de que la montaña iba a parir.
Pasadas algunas horas, tras un gran estruendo, llegó la calma. Cuando los lugareños se acercaron a ver el resultado, lo que salió de la falda de la montaña fue apenas un pequeño ratón, un bigañuelo.
De ahí surge la enseñanza: cuando a usted le prometen montarlo para que no ande a pie, no se haga ilusiones pensando en un Ferrari, porque puede terminar en un triciclo o, a lo sumo, en una pasola. Ahí es donde cobra sentido la expresión: “parió la montaña”.
Cumpleaños nacional
El maestro Rafael Solano, gloria de la música y la canción dominicana, estuvo cumpliendo ayer 95 años. ¡Que no es paja e coco! Y, por cierto, el hombre está nítido.
Muchas felicidades. Que el Señor le siga dando salud y sabiduría, con sabor a Dominicanidad, en este 10 de abril. Un atardecer donde hubo magia y amor en la oscuridad, donde sonó su voz, donde solo tú existías, y no hubo necesidad de pedir perdón ni de estar confundido.
Cuentecito:
Un tipo se monta en un taxi y le dice al chofer:
— Varón, por favor apague la radio, que mi religión no me permite escuchar música, porque en el tiempo del profeta no había música ni radio.
El taxista, medio incómodo, apaga la radio, prende un cigarrillo… y el tipo le toca el hombro:
— Señor, por favor apague el cigarrillo, que mi religión no permite vicios, porque el profeta no tenía ningún vicio.
El taxista, ya quillao, frena el carro, se baja, abre la puerta del pasajero…
El tipo, confundido, le pregunta:
— Oiga, ¿y qué es lo que pasa?
El taxista le dice:
— Bájese del carro… que en el tiempo de su profeta no había taxi. Así que bájese y espere un burro…








