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Jaque mate del pastor

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El presidente de EE.UU., Donald Trump Alex Brandon / AP.
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En su segundo mandato, Donald Trump ha marcado de forma indeleble la estampa de la separación con el mundo bajo el lema “América Primero”, una concepción de la cual se han derivado estrategias militares que atentan contra la propia supremacía imperial de los Estados Unidos. Esta visión, lejos de fortalecer la posición de Washington, parece ignorar las lecciones fundamentales de la historia sobre el ejercicio del poder global y la importancia de las alianzas estratégicas. Las jugadas de Trump en el ajedrez político mundial, impulsadas por un nacionalismo personalista, apuntan a que USA, Rey de Occidente sufra un “jaque mate del pastor”, una derrota rápida y evitable provocada por la subestimación de la complejidad del tablero internacional.

Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha desatado una ruptura radical con la línea tradicional de política exterior, que desde Franklin Delano Roosevelt, se basaba en el liderazgo de la seguridad colectiva y la promoción de un orden basado en reglas, sostenido con su propia batuta. Al abrazar una política puramente transaccional y centrada en el beneficio inmediato, el presidente está renunciando su país de ese liderazgo histórico, transformando el concepto de «América Primero» en una realidad de «América Sola». Esta abdicación ha creado vacíos de poder que están siendo llenados con celeridad por potencias como China y Rusia.

Uno de los errores más críticos en su estrategia es el hostigamiento constante hacia la OTAN, organización que Trump ha calificado despectivamente como un “tigre de papel”. Al amenazar con retirar a los Estados Unidos de la alianza, Trump está socavando la credibilidad de la garantía de defensa mutua del Artículo 5, que ha sido el pilar de la estabilidad occidental desde 1949. Líderes europeos han interpretado esta posibilidad como el “plan soñado de Putin”, ya que la desintegración de la alianza transatlántica dejaría a Europa vulnerable y destruiría la red de influencia global que permitía a Washington proyectar su poder de forma eficiente, ya que es lo que legitima su presencia como brazo armado del organismo y un semillero de bases militares en todo el planeta.

En el tablero de Oriente Medio, la situación es igualmente desfavorable. La guerra contra Irán, iniciada bajo premisas de máxima presión militar, se ha convertido en un ejemplo de cómo la superioridad tecnológica no compensa la orfandad estratégica cuando los aliados se cruzan de brazo. Trump ha subestimado la capacidad de resistencia de Teherán, que ha convertido su inferioridad militar en una estrategia de desgaste que ya está pasando factura política y económica a nivel interno en EE. UU. debido al precio del petróleo. Al intentar declarar “misión cumplida” de forma prematura para vender un éxito personal ante su electorado, el presidente arriesga un desenlace que deja a Irán fortalecido y a los aliados regionales, como los Estados Árabes, en una posición de vulnerabilidad. Esta incapacidad para transformar la destrucción militar en estabilidad política es una lección histórica que los Estados Unidos parecen condenados a repetir tras los fracasos en Vietnam, Irak y Afganistán.

El rediseño de la Estrategia de Defensa Nacional de 2026, bajo el concepto de “Patria y Hemisferio” refleja una nostalgia peligrosa por el imperialismo del siglo XIX. Trump asume la Doctrina Monroe, la administración busca el dominio militar absoluto sobre América Latina, llegando incluso a la toma unilateral del control petrolero en Venezuela. Este enfoque de dominación sobre el Hemisferio Occidental, sumado a amenazas de invasión contra territorios aliados como Groenlandia, despoja a los Estados Unidos de su legitimidad internacional, ignorando que un imperio no se sostiene solo por la fuerza de sus cañones, sino por el consentimiento y la cooperación de sus socios o vasallos; sin legitimidad, el poder estadounidense se vuelve costoso, fiscalmente inviable y vulnerable a ataques de resistencia en múltiples frentes.

En el ámbito económico, la guerra comercial contra China y la imposición de aranceles masivos han demostrado ser un bumerán que afecta a los consumidores y fabricantes norteamericanos. Al alejarse de los acuerdos multilaterales y desafiar las reglas de la OMC, Trump ha debilitado la arquitectura financiera que sostenía al dólar como moneda de reserva mundial. Unos Estados Unidos que abandona a sus socios comerciales pierden la previsibilidad necesaria para que el mundo siga confiando en sus activos financieros, lo que acelera el declive de su hegemonía económica frente a una China cada vez más preparada y con mayor poder estructural.

La diplomacia de Trump basada en el halago personal, ha dejado al gobierno sin expertos críticos en momentos de crisis extrema. Al purgar a los especialistas en China y Rusia de las agencias de inteligencia, el presidente está corriendo a ciegas en un entorno internacional que ya no es unipolar, sino multipolar y competitivo.

A Donald Trump le faltan lecciones históricas, porque cree que el ajedrez mundial se juega como un negocio inmobiliario de corto plazo. Sin embargo, la historia enseña que la capacidad de destruir no es la capacidad de gobernar. Sus movimientos de aislamiento, desprecio a los aliados y agresividad unilateral están configurando un escenario nuevo donde Estados Unidos, el Rey de Occidente, está a punto de quedar solo y acorralado. Si no rectifica su rumbo, su legado no será el de haber hecho a “América grande otra vez”, sino el de propinar a su propia nación el más torpe de los “jaques mate del pastor”.

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