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Paz sin precio ni medidas

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La Constitución Dominicana posee en sus articulados las dimensiones de la paz social, como también la individual.

Una inmensa cantidad de personas se afanan día tras día en procurar la felicidad basada en acumular cosas visibles, las cuales se traducen en destinar los recursos económicos obtenidos de la fuerza laboral.

Casi nunca esas afanadas gente se preguntan: ¿cuál es la esencia sustancial dentro de sus ansiosos afanes ?

Cada circunstancia y construcción de cosas artesanías por manos humanas, gozan de experiencias dónde confluye el sentido de la vista para mirar con aprecio lo alcanzado como evidente existencia de la parte tangible; así también la parte emocional para cual es imposible dibujar.

Esa arista hallada en todo esfuerzo humano, es denominada Paz interior.

Cada quien tiene su perspectiva de colores para describir la hermosura en un bien financiado, sin detenerse a valorar aquello que no se puede ver y cuyo valor supera el precio consensuado por el mercado: Paz emocional.

La paz es un estado de armonía, tranquilidad y ausencia de conflicto, violencia u hostilidad, que se aplica tanto a nivel social (entre naciones o grupos), como personal (equilibrio interior) y espiritual, fomentada por valores como la justicia, la tolerancia y el diálogo, y buscada universalmente para un desarrollo pleno y una convivencia armónica.

Hay quienes afirman
«La paz no tiene precio»

Aquellas personas que ponen la paz como su piedra angular de su perceptiva felicidad, conocen con sentido amplio del significado en cada palabra el porqué hacen culto a dicho estado emocional.

En cambio, aquellos que poseen una personalidad comprometida con sus cuestionadas conductas en un estilo de vida contestatario a normas jurídico penal, buscan el placer en base a destruir la paz de los demás.

Existe en el arte musical una composición de ritmo salsa, el tema «Juanito alimaña» en el que describe a una persona con tendencia a ejercer hábitos de violencia si su prójimo se resiste a entregar un bien.

Te lo pide para aparentar decencia, pero si no acepta, de todos modos te lo quita. Definido por la psicología «complejo de inferioridad o egocentrismo».

La psicología describe este comportamiento como impulsos asociados a la envidia y el resentimiento, donde el deseo de poseer algo ajeno se convierte en la fantasía de destruirlo o robarlo, especialmente si hay un complejo de inferioridad subyacente, llegando a tener fantasías sádicas para aliviar el sufrimiento por no tenerlo, lo que puede relacionarse con rasgos de personalidad antisocial o narcisista.

Para buscar a Dios es más fácil de lo pensado por la mayoría, ya que desde el momento en que se logra edificar un vínculo de paz y respeto al derecho ajeno, allí podrás ver el rostro de la fuerza divina.

No obstante a los adoradores de actos satánicos, su fascinación en ver el mal sobre la persona envidiada será su norte a seguir hasta cumplir su macabro objetivo.

Son quienes se encargan de crear efectos de maldición mediante la violencia.

A diferencia de las personas apegadas a bendecir a los demás a través de actos solidarios y apoyo emocional.