
La República Dominicana se encuentra sumida en una crisis educativa profunda y, paradójicamente, inexplicable. A pesar de que la inversión en educación ha alcanzado un histórico 4% del Producto Interno Bruto durante años, nuestra educación sigue estancada. El aprendizaje no ha avanzado desde 2017 hasta 2025, registrando incluso una disminución a nivel primario. ¿Cómo es posible que, con una asignación presupuestaria tan significativa, nuestro sistema educativo permanezca en el piso,como lo demostró la prueba PISA 2018 al colocarnos en el lugar 78 de 79 países evaluados, y últimos en ciencias y matemáticas? Ester estancamiento, nos obliga a cuestionar la eficacia con la que se gestionan estos recursos vitales.
El problema central no radica en la falta de fondos, sino en una gestión deficiente y una inercia sistémica. Hemos tenido múltiples ministros de Educación en la última década, pero la aplicación de políticas y la comunicación fluida entre el Ministerio y los planteles escolares son casi inexistentes. Las bases del diseño curricular, que dictan el libro de texto como instrumento fundamental, han sido ignoradas por diez años, dejando a los niños sin materiales adecuados. Las aulas superan la capacidad recomendada, con muchos centros educativos albergando 40 o más estudiantes en espacios inadecuados. Esta sobrepoblación no solo limita el acceso a la educación para miles de estudiantes dominicanos, sino que también compromete gravemente la calidad del aprendizaje. La Dirección Escolar del Ministerio de Educación ha señalado la existencia de más de 415 edificaciones escolares pendientes de terminar agravado por la administración anterior y actual del gobierno de Luis Abinader que ha hecho caso omiso a esa situación, mientras la Asociación Dominicana de Profesores estima un déficit de 7,000 aulas a nivel nacional. Es una tragedia que, en pleno 2025, cientos de niños queden fuera de las aulas por falta de cupo.
La crisis se agrava más por prácticas corruptas que desvían recursos hasta para pretendidos proyectos presidenciales de ministros en desatención de los verdaderos objetivos. La construcción de infraestructuras, la alimentación escolar y la adquisición de materiales se han convertido en focos de negocio que arrastran al Ministerio fuera de su propósito fundamental. La experiencia ha demostrado que la construcción de centros educativos, como en el caso de las escuelas sorteadas durante el gobierno de Danilo Medina, resultó en obras sin terminar o de baja calidad por la falta de capacidad técnica, mientras los gobiernos de PRM solo se han dedicado a criticar y a un manejo discrecional del presupuesto educativo. Esta falta de información en los presupuestos, reduce la transparencia y dificulta la rendición de cuentas sobre la ejecución de los programas.
Además, la calidad del profesorado, es un elemento crucial para el aprendizaje, ha sido históricamente precaria y ha podido empeorar con la generalización de la formación docente sin el rigor adecuado. La formación continua, vital en la era del conocimiento, se ha impartido sin un diagnóstico de necesidades formativas.
La educación en República Dominicana no solo lucha contra la ineficacia presupuestaria, sino también contra su profunda politización. Cuando los cargos y decisiones se ven como botines electorales y las agendas políticas priman sobre el bienestar estudiantil, el sistema se erosiona. Se requiere una despolitización urgente y un compromiso transversal de todos los actores para fomentar una cultura de mérito y transparencia.
La solución a esta crisis multifacética no es sencilla ni unilateral. Requiere un enfoque sistémico que priorice la transparencia en el uso del 4%, una reestructuración de la gestión ministerial, la finalización de planteles educativos, la dotación de recursos básicos y libros actualizados, combinado con el nuevo paradigma que impone la tecnología, la inteligencia artificial y una reforma profunda en la formación y acompañamiento docente. Solo así podremos transformar la ineficacia del presupuesto educativo en una verdadera inversión en el futuro de nuestros niños y del país.








