Por Ramón Morel
En política, no todos los aplausos significan liderazgo, y no todo liderazgo se traduce en resultados para el partido. Muchas veces, la confusión de roles y la obsesión por las demostraciones públicas de poder llevan a tomar decisiones que, en el mediano plazo, se convierten en lastres difíciles de revertir.
Recientemente, en el marco del Congreso Elector Manolo Tavárez Justo, la Fuerza del Pueblo anunció que se reservaba la presidencia de la provincia de Santiago y la del municipio cabecera, entre otros puntos estratégicos. Esto coloca sobre los hombros de la alta dirección la responsabilidad de designar, en los próximos días, a quienes estarán al frente de estos territorios.
Aquí es donde la decisión se vuelve crítica: poner a un aspirante a cargo de elección popular como dirigente territorial es, casi siempre, un error estratégico. La razón es sencilla: quien aspira a un cargo electivo tiende a enfocar su gestión territorial en función de su propia proyección personal y no de las necesidades reales del partido. Los recursos, las relaciones y las energías que deberían invertirse en fortalecer la estructura y cohesión interna suelen desviarse hacia la construcción de una imagen personal y la preparación de su campaña.
Esta situación no solo erosiona la neutralidad que debe tener un dirigente territorial para arbitrar conflictos internos, sino que puede generar divisiones y favoritismos. Un dirigente que, a la vez, es aspirante, corre el riesgo de usar su posición para crear un círculo de lealtades personales, debilitando la institucionalidad del partido y generando resentimientos en otros aspirantes.
El contraste con la otra opción es evidente: designar a personas con experiencia, capacidad de gestión y compromiso partidario, pero sin aspiraciones electorales inmediatas. Estos perfiles tienen la libertad de dedicar todo su tiempo y energía a consolidar el territorio, mantener la cohesión interna, arbitrar disputas con imparcialidad y garantizar que el partido llegue fortalecido a las elecciones, sin el lastre de un conflicto interno incubado por el propio liderazgo local.
En momentos donde la Fuerza del Pueblo necesita ampliar su base, unificar criterios y proyectar seriedad organizativa, la elección de los dirigentes territoriales no puede ser una moneda al aire. La alta dirección debe evitar caer en el error tentador de premiar a figuras con alto perfil mediático pero con agenda propia. Al contrario, se debe apostar por liderazgos que construyan desde adentro, pensando primero en el partido y después —si llega el momento— en sus aspiraciones personales.
Porque poner a un aspirante a dirigir un territorio es como dejarle la llave del tesoro al único que quiere gastarlo todo para sí. La pregunta no es si lo hará, sino cuándo.







