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Lo que los partidos deben aprender de las empresas exitosas

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Por Ramón Morel

En el mundo empresarial, el éxito rara vez es fruto del azar. Las empresas que logran consolidarse y crecer tienen una premisa clara: ubicar a la persona más capaz en el puesto que mejor pueda desempeñar, sin importar su afinidad personal con el jefe inmediato. En este entorno, la competitividad obliga a valorar el talento real por encima de la lealtad ciega. No se asciende al amigo, al conocido o al que aplaude sin cuestionar, sino al que tiene las habilidades, la visión y el carácter necesarios para generar resultados.

En un partido político, la lógica debería ser la misma. Sin embargo, con frecuencia ocurre lo contrario: el liderazgo se inclina por “el mío” o “el de mi grupo” en lugar del más apto. El criterio de selección deja de ser la capacidad para resolver problemas y se convierte en la capacidad para obedecer sin discutir. Este fenómeno, conocido como grupismo, corroe las bases de cualquier organización política, porque desplaza el mérito y premia la mediocridad complaciente.

Cuando una empresa coloca a un incompetente en un puesto clave solo porque pertenece al círculo de confianza, el impacto es inmediato: proyectos mal gestionados, clientes insatisfechos, pérdida de ingresos y, eventualmente, el colapso de la marca. En política, el daño es más lento pero igualmente destructivo: estrategias electorales equivocadas, mensajes desconectados de la realidad social, pérdida de credibilidad y, finalmente, la derrota en las urnas. Los partidos que caen en el grupismo crean un círculo vicioso. El dirigente mediocre, consciente de sus limitaciones, evita rodearse de personas más capaces que él, y selecciona a subalternos aún menos competentes. Este patrón descendente genera un aparato partidario que funciona más como un club de amigos que como una estructura política seria. La consecuencia directa es la fuga de talentos: militantes con ideas y preparación se marginan o abandonan la organización, al ver que no existe un camino meritocrático para aportar y crecer.

Una empresa que compite en el mercado no puede darse el lujo de elegir por simpatía. Cada puesto, desde el gerente general hasta el operario, es un engranaje de una maquinaria que debe funcionar con precisión. El error de colocar a la persona equivocada en el lugar equivocado cuesta dinero, prestigio y oportunidades. Un partido político debería entender que, en su caso, el costo es todavía mayor: se pierden gobiernos, se pierde la confianza del electorado y, lo más grave, se pierde la oportunidad de transformar la realidad del país.

El liderazgo partidario debe asumir que un partido no es un refugio para los incondicionales, sino una organización que compite por el respaldo ciudadano. El elector, igual que el cliente de una empresa, no se convence por la fidelidad interna del equipo, sino por la calidad del producto que recibe. Y en política, el producto son las ideas, las propuestas y la capacidad de ejecutarlas.

En resumen, si una empresa quiere sobrevivir, promueve el mérito. Si un partido quiere ganar y gobernar bien, debe hacer exactamente lo mismo. El grupismo es un lujo que ninguna organización —ni comercial ni política— puede permitirse sin condenarse a la irrelevancia. La diferencia entre avanzar y estancarse radica en elegir al más competente, no al más cercano.

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