
Por Julio Disla

Desde el sur, donde canta la esperanza,
llegó Francisco, humilde y peregrino,
con la fe por cayado y en su signo
una voz que al poder nunca se lanza.
Revoluciona el alma con bonanza,
no con tronos ni cetros de camino,
sino alzando a los pobres su destino
y haciendo del amor su enseñanza.
Habla al mundo del clamor silenciado,
del niño que no come, del anciano,
del migrante sin tierra ni tejado.
Clama al cielo por un mundo más humano,
y en la tierra, su grito más sagrado:
“¡Cuiden la casa común, somos hermanos!”







