
De cómo el gran Dirigente Político y su leal Subalterno enfrentaron la rebelión de los molinos democráticos, que su señoría confundió con gigantes conspiradores.
En un lugar de la política, cuyo nombre no quiero recordar, no hace mucho tiempo que vivía un Dirigente de aquellos de lanza en astillero, adarga antigua, figura gastada y discurso redundante. Este, llevado por la quimera de su ingenio, creía firmemente que el arte de gobernar consistía en mandar sin consultar, dirigir sin escuchar y aplastar sin piedad a todo aquel que osase alzar un dedo de razón contra su voluntad. A su lado, un Subalterno práctico, de cortos alcances, pero larga experiencia, intentaba en vano apaciguar los ímpetus de su amo:
—Mire vuesa merced, señor Dirigente —dijo el Subalterno—, aquellos que allí se divisan no son gigantes de traición, sino molinos de viento; molinos cuyas aspas son las voluntades de los compañeros, que solo piden ser escuchadas.
—¡Calla, Subalterno necio! —respondió el Dirigente, erguido sobre su caballo de ego—. ¿No ves que son gigantes de mil cabezas, armados de insubordinación y envidia? Sus brazos, largos como estatutos, buscan derribarme. ¡Yo, que he sido elegido por el destino para pensar por todos! ¡Los demás no son más que ovejas, y yo el lobo necesario que las guía… o las devora si se rebelan!
El Subalterno, suspirando, replicó:
—Mas, señor, si ni siquiera les deja hablar en las asambleas. Los llama «decorativos», pero luego se queja de que no aplauden. Si son molinos, ¿por qué no aprovechar su viento en lugar de combatirlo?
—¡Aquí no hay molinos, sino enemigos! —rugió el Dirigente, embistiendo con su lanza de decretos improvisados—. ¡Los que no se pliegan a mi genio son traidores! ¡Y los que les siguen, cómplices!
Y diciendo esto, arremetió contra el primer molino. Pero las aspas, movidas por el viento de la disidencia, lo derribaron con estrépito. El Dirigente, maltrecho pero impertérrito, se levantó gritando:
—¡He aquí la prueba de la conspiración! ¡Sancho, estos molinos están poseídos por medios corruptos y rivales envidiosos!
El Subalterno, ayudándole a incorporarse, murmuró:
—Quizá, señor, si dejara que otros muevan las aspas, el molino haría harina en vez de polvo…
—¡Harina envenenada, Sancho! —repuso el Dirigente, ajustándose la coraza de su autoridad—. Si el partido progresa sin mí, es porque me roban el mérito. Si fracasa, es porque me sabotearon. ¡Solo yo sé la verdad! Y si me aparto, será para volver con más fuerza… ¡aunque tenga que quemar los sembradíos de la unidad!
Y así, entre amenazas de boicot y citas en los medios para clamar contra los «desleales», el Dirigente seguía viendo gigantes donde había molinos, traidores donde había críticos, y rebeliones donde había preguntas. Mientras, el Subalterno, entre resignado y cómico, pensaba para sí:
Válgame Dios, que este mi amo confunde la lealtad con la esclavitud, el liderazgo con la tiranía… Y lo peor es que, tras tanto golpe, ni siquiera es buen gigante. ¡Con estos lobos, las ovejas acabaremos en el matadero!
Don Dirigente jamás entendió que los molinos no eran gigantes, ni las ovejas, lobos. Siguió creyéndose el pastor elegido, aunque el rebaño aprendió a caminar sin él. Y así, entre amenazas y monólogos, se convirtió en un relicto: un Quijote sin molinos que conquistar, solo eco de su propia voz, repitiéndose que el mundo estaba equivocado.
Moraleja:
El que no escucha consejos ni admite razón, más temprano que tarde, cae en la desolación. Y si en su locura insiste en aplastar al que piensa, acabará solo, rodeado de sí mismo… y sin ovejas que guiar.









Vaya… que sorprendido estoy. Mi amigo acaba de descubrir un Quijote moderno de débil armadura. 😃🥹😃🥹😃
Don Dirigente y los molinos rebeldes: delirio de un Quijote autócrata.