Sólo en Rusia saben lo que harán con Putin

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La celebración patria del 9 de mayo, en Rusia, también sirve para recordar las vergüenzas históricas de Alemania, hoy más que nunca, colocada bajo el yugo interesado de Estados Unidos e Inglaterra.

Vladimir Putin se caracteriza por no mostrar nunca siquiera una tenue sonrisa, estando al frente de su proclamada operación especial contra el nazismo en Ucrania, y en Europa. Y en el mundo.

Tal vez, Putin tenga presente hoy los orígenes históricos comunes entre Gran Bretaña, Francia y la misma Unión Soviética, remontándose a sus ancestros vikingos y normandos.

La raza eslava que es la que dice Putin que lo enorgullece y que lo presiona hacia una lucha por sus connacionales, lo coloca a la sombra de los padres de la Patria, Vladimir Lenin y Joseph Stalin.

La gigantesca fortaleza militar que siempre muestra Rusia, y de manera especial la época de Putin, al llegar el 9 de mayo, luce hoy más imponente que nunca. Rusia sola, enfrentada al reto y castigo de sanciones de grupos corporativos multinacionales, que pretenden no tener agradecimiento histórico por la participación de Stalin para terminar de liquidar las locuras de Adolph Hitler, ya en sus últimas manías de marcomano.

Los comandos ingleses y franceses aliados, celebraban las victorias obtenidas frente a Hitler, con las que dejaban a Berlín arrinconada, ya finalizando la Segunda Guerra Mundial. Stalin seguía, sin embargo, al frente de sus comandos contra los nazis defendiendo los intereses en sus propios terrenos soviéticos.

Con ese y otro telón de fondo, Putin mantiene sus reflexiones para fundamentar sus celebraciones patrióticas, de las que otros prefieren escabullirse. Claro, no son rusos.

Los aliados tenían que cumplir, sin embargo, con el protagonismo de una de las mayores vergüenzas de esa salvaje segunda guerra, que como todas las guerras enceguecen embrutecen a los jefes. Había que destruir literalmente la joya de la historia y la cultura alemana de entonces, la ciudad de Dresde, la Florencia del Elba, como se la conocía.

Dresde no había sido afectada por la destrucción de la guerra, hasta ese momento, y era refugio de desplazados y perseguidos.

Dresde, la ciudad de los palacios alemanes no estaba preparada para una guerra. Y serían las bombas lanzadas por los aviones de la Real Fuerza Aérea de Winston Churchill y las flotas de los norteamericanos, los que cumplirían esa última atrocidad contra la humanidad, convirtiendo aquella joya de los tiempos, en pura ceniza. Las fuerzas aéreas estadounidenses culminarían la acción. No sin antes confundirse en medio de la maldad y el desorden, para bombardear Praga, ya que en Dresde sólo había humo y fuego. Fue relativamente fácil. En Dresde no encontrarían fuego antiaéreo ni artillería de ningún tipo. El balance sería de 25 mil civiles indefensos muertos. Una clara acción terrorífica de guerra.

Después de ese desastre de los aliados, otro caldo empezaría a cocinarse. Empezarían a buscar un culpable para ese terrorismo de guerra, y el chivo expiatorio sería el general inglés Arthur Harris, no Churchill, quien sí lo fue, como han sido siempre los ingleses.

Pero en eso, están llegando las tropas de Stalin a Alemania.

Y en el trayecto sería detectada una de las mayores barbaridades cometidas por los nazis alemanes de Hitler: los campos de concentración para la eliminación de seres humanos en masa, en Buchenwald, entre otros muchos lugares descubiertos desde principios de abril de 1945. Almacenes de cadáveres de judíos, rusos bolchevistas, eslavos, gitanos, seres humanos que Hitler juzgaba las razas inferiores.

Judíos y rusos blancos debían de ser eliminados por la ideología del racismo alemán de Hitler, ya que habían originado una revolución en Rusia, y no se les podía permitir que hicieran lo mismo en Alemania. Allí está la base del nazismo anticomunista y antirruso. ¿Verdad, Putin?

En   Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia como en Alemania, ¡ay, Alemania!, y en muchos otros países de lo que llaman ahora Unión Europea, tal vez, no se enseñe a la juventud de los celulares y los tatuajes, aretes en las narices y otros rasgos, lo que fue la Operación Barbarroja, lanzada por Hitler bajo su influjo racista contra la Unión Soviética, en 1941, barbaridad cometida en nombre de la lucha contra los judíos rusos.

Todavía hoy, en las afueras de Kiev, capital de Ucrania, existen los barrancos por donde se lanzaba los cadáveres de los judíos soviéticos por decenas de miles, por orden de los nazis. La misma Kiev que visitan las botas de los militares de Putin, en medio de las celebraciones patrias.

Tras las cámaras de gas de los nazis para los judíos rusos, vendría la famosa batalla de Moscú, cuando se le demostró a Hitler que no había tal superioridad racial, al momento de la guerra. Alemania perdió más de 100 mil hombres. Luego, en Alemania se tomaría la decisión de que había que matar a más de 11 millones de judíos. Miles de ellos prisioneros rusos.

Mientras los soviéticos hacían sus inventarios de las víctimas, la Inglaterra de siempre guardaba silencio. Todo permanece, hoy, guardado en los archivos de Rusia. Ayer, como hoy, los medios occidentales no se daban por enterados de las atrocidades nazis, o no se daban por convencidos de la autenticidad de las informaciones, que se iban descubriendo. La BBC de Londres escondía las informaciones alegando que se trataba de propaganda soviética.

Los aliados tardarían, como siempre, de convencerse de las barbaridades que los soviéticos denunciaban autentificadas.

Estados Unidos siempre ha negado su solidaridad con las víctimas de aquellos exterminios. Todavía, atribuye los crímenes semejantes a la propaganda soviética.

Los rusos de Putin saben que la historia no perdona. Y que cuando se repite lo hace en la misma forma trágica y lamentable.

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