Antonio, camarógrafo de Turismo que voló a la eternidad, pero se quedó entre todos

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En la mañana del pasado miércoles la infausta noticia acerca de la muerte de Antonio García, un camarógrafo que ganó la amistad y aprecio de todos, irrumpió inoportuna y pesarosa entre familiares, amigos y compañeros de trabajo, generando reacciones de pesar que llegaron y se multiplicaron por diferentes vías.

Antonio García era camarógrafo desde hace más de 20 años de la dirección de comunicaciones del Ministerio de Turismo, a la vez lo era de todo el que precisara de su colaboración, y destacó no solo por la calidad de lo que hacía con pasión, sino por su humildad, entrega, vocación de servicio y su sentido de solidaridad siempre abierta y sin condiciones.

Su partida fue inesperada y fugaz, multiplicadora de tristeza y pesar, tan presente y basta que desborda el entorno familiar y se expresa en la gente de su barrio, entre sus compañeros de trabajo, entre tantos periodistas, editores, productores de programas, que siempre tuvieron en él un soporte que nunca conoció excusa para extenderle su mano solidaria.

Para muchos de los que les contactaban en procura de imágenes relacionadas con alguna actividad realizada por Turismo, también otros que participaban como invitados a cubrir las ferias turísticas que cada año se realizaba en Europa, Francia, Alemania, España, etcétera, Antonio era su camarógrafo, el que no solo hacía llegar las imágenes pedidas, sino aquel que siempre tenía tiempo para grabar la entrevista que algún periodista o realizador de programa de televisión necesitaba.

Por eso su partida es sentida entre tantos que lo describen como un buen amigo, un colaborador seguro, un alma noble, un ser humano íntegro, servicial, entregado al trabajo, afable y siempre presto a dar al otro lo mejor de sí, sin que mediaran condiciones ni importaran las circunstancias…

Lo sorprendió un infarto tras librar una lucha contra el coronavirus que le impidió se le practicara un cateterismo, un cuadro que se complicó por su condición de diabético. No solo su esposa Brígida y sus hijas Janibel, Anabel y Anileidy lloran su partida, sino que la pena se extiende al barrio donde habitó y se convirtió en presidente de la Junta de Vecinos

Antes de ser llamado a la morada final, su cadáver fue paseado por las calles del barrio al que tanto supo dar, Villa Duarte del municipio Santo Domingo Este, y donde las instalaciones del Club Calero atestiguan que cada celebración del Día de las madres y/o de los padres, él solía montar una exposición con fotografías y semblanzas de las o los seleccionados para recibir una distinción.

“Siempre fue una persona suelta, trabajadora, desinteresada con sus compañeros y de igual manera se comportaba con la gente de su comunidad como presidente de la junta de vecinos. Siempre daba el primer paso para resolver cualquier situación o emergencia que se presentara, se adelantaba y te decía aquí está mi aporte cuando había que resolver algo”, narra Xiomara, su compañera de trabajo en Turismo por largos años.

Confiesa que la muerte de Antonio provocó profundo pesar entre todos “porque él tenía esa forma tan solidaria sin importar con quien. Recuerdo que cuando íbamos de viaje a hacer trabajos y nos parábamos a comer algo, él siempre quería pagar lo de todo el mundo y uno tenía que decirle que cada quien contaba con su dieta…”

“Antonio fue un ser humano extraordinario. Tenía a flor de piel esa vocación de servirle a los demás sin poner la más mínima condición. No importaba que pasara todo el tiempo grabando, trabajando en los asuntos del ministerio, si algún periodista, productor de programa, le decía que le grabara algo, que quería imágenes, que le facilitara una copia, nunca hubo un no, pero tampoco fallas. Sin importar que estuviera agotado y con mil cosas encima, siempre había una respuesta positiva”, abunda en su testimonio Xiomara.

 

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