Las manos, ¿dónde te las pones…?

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Oscar López Reyes

Cuando  Sinforoso Treviño Braganza  veía que una persona salía de un baño de la universidad, se metía las manos en los bolsillos –con la cara más seria que un juez- para no estrechárselas, aunque tuviera las barbas largas,  fuera un profesor ambidextro o se tratara de su rector magnífico. En el ocaso terrenal  (en el  año 2000  pasó a disfrutar de una vida más sosegada en el reino de los cielos), el maestro reveló que las fundas de telas de sus pantalones eran el refugio para evitar que su cuerpo fuera invadido por indeseables microbios vagabundos.

 La ingeniosa salvaguarda del profe Treviño Braganza se avispaba mucho más conservadora que una norteamericana –lo leí en un libro de superación personal-, que se fregaba las manos cada cinco minutos, después que detectó la inmensa cantidad de bacilos que circundan en los derredores. Con el plato en la mesa interrumpía la degustación  varias veces para cumplir su labor higienizadora. El desmayo obsesivo obligó a que la llevaran, contrariando su voluntad, al consultorio de un psiquiatra.

 Laurita también experimentó alarma y desconfianza, encogida en el silencio más quisquilloso. Cursando la asignatura Microbiología, en la carrera de medicina, empezó a dejar de tocar manubrios de puertas, llaves, ventanas, paredes, inodoros, libros viejos y frutas sin lavar, huyéndole a la infinidad de virus, bacterias y hongos invisibles que descubrió que pululan por esas superficies. Por instantes, quiso andar con una mantilla de bioseguridad, pero no lo hizo -2015- para que no se rieran de ella en las calles y ni en su centro de estudios.

En el 2020, Jíbaro Orellana, presidente empresarial, se confió en la mascarilla, y todos los días despachaba con su asistente, que lucía apuesta en su belleza y buen estado de ánimo. “Ella jamás se imaginó que estaba contagiada”, refirió, “como tampoco yo me lavé las manos, me las pasé por la cara y terminé en una sala de cuidados intensivos”.

Pero, ¿son las manos sólo agentes transmisores de gérmenes?  No. Esa capa externa kinestèsica es el cielo más abierto del organismo humano, y el que más interacciona con los objetos y las personas en el proceso de sociabilidad. Nombremos 10 empleabilidades:

 1.- Alimentación: cocinar y comer.

 2.- Manual/digital: Escribir, leer, dibujar, recibir y dar objetos, fabricar artesanías, limpiar zapatos, robar, dar batazos, conducir un vehículo, tirar una bola, remendar ropas viejas, agarrarse el ombligo, sumar y restar.

 3.- Medicina: Medir la presión arterial y la temperatura (verificar si las manos están frías o calientes), y sacar una muela.

4.- Iglesia: Santiguar y suministrar la hostia.

 5.- Agricultura: Sembrar los alimentos y ordeñar las vacas.

6.- Quirología: Análisis de los rasgos de la personalidad amparado en su tamaño, ancho, líneas y signos.

7.- Quiromancia: lectura esotérica de las extremidades superiores para adivinar el destino de una persona: éxitos, adversidades y fracasos.

8.-  Onicomancia: estudio de la salud a través de las uñas: encarnadas, manchas, curvas y estrías.

9.- Cálculo del tiempo: método para determinar la edad y predecir la muerte.

 10.- Los dedos: más relacionados su estudio con la astrología, denotan perfección, honradez, delicadeza, equilibrio, inteligencia, energía, defectos y amor, como la colocación del anillo de compromiso de noviazgo.

¿Dónde las personas se ponen las manos? Por impulsos nerviosos imperceptibles, o por conductas aprendidas, la sensibilidad táctil se mece, por lo menos, en cinco hamacas:

1.- La mujer se acaricia las cejas, para la atracción romántica.

2.- El hombre se enrosca los bigotes,  en su vanidad machista.

3.- El Ministro de Salud Pública se rasca la nariz, en el descuido de una mala costumbre.

4.- El médico se estruja los ojos, en un inconsciente mensaje electroquímico.

5.- El muchacho se mete los dedos en la boca, en la inocente suciedad.

Las extremidades superiores  son un cauce para coger el coronavirus. Pinta como ridículo  amarrárselas a cada persona para que no se las ponga en la boca, la nariz o los ojos, aunque sí podemos rogarle que se hinque de rodillas para controlarse los hemisferios cerebrales. También tenemos que seguir adulándole para que  se las higienice –si no cada cinco minutos, para no desmembrar la epidermis-  sí constantemente, con un chorro de agua y jabón durante 20 segundos, o con soluciones hidroalcohólicas, sin fallar antes de jondearse los bocados de comida o manipular en el baño algún órgano del cuerpo.

Para no querer tapar el sol con un dedo, trátese del pulgar, índice, medio, anular o meñique,  tenemos que esconder o enjuagar las manos,  a fin de que no sean invadidas -con designio luctuoso- por un virus que no respeta que sea psíquica, filosófica, intelectual o artística. El momento invita a no tentar ni  manosear, no sobar ni ajar. Sin hacer magia, dejemos en paz  los 27 huesos de la muñeca, la palma y las yemas de los dedos…

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