El resentimiento como práctica política en República Dominicana

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Henry Polanco

Desde el punto de vista del debate político, los dominicanos nos tildamos de saber política y pelota o baseball más que cualquier otro pueblo o comunidad y comúnmente discutimos con las emociones y pasiones que caracterizan nuestro pesar histórico, que más que conocimiento es resentimiento por la incompetencia en las prácticas y culturas políticas en que nos desenvolvemos.

El resentimiento social se manifiesta en las personas cuando asumen una actitud de frustración, odio, impotencia, rencor y rechazo hacia lo que provoca una situación dada; puede ser en la mayoría de los casos, por poderes establecidos públicos, sociales y familiares.

“El resentimiento social se da en una sociedad en que hay injusticia y desigualdad por un golpeo del Estado y de los poderes públicos. Cuando es por esta causa, el individuo la supera más fácil. Solo se necesita cambiar las condiciones y abrirle espacios de crecimiento y de humanización”, informa el sociólogo César Cuello Nieto, director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

El resentimiento no es solo el resultado de la desinhibición en las redes sociales. Ni tampoco es exclusivo de la nueva política. El resentimiento, religioso, ideológico, de clase, nacionalismo, es un arma política tan antigua como la humanidad.

Pero es un mal negocio. En las próximas elecciones en República Dominicana, me temo que ganará la partida quien sea capaz de vencer el resentimiento y promover alguna cosa que ilusione.

O mejor aún, aquel que sepa ilusionar con lo que propones en su oferta hacia las demandas o necesidades que esperan soluciones.

Gobernar desde el resentimiento es un mal negocio, porque sitúa al poder en la oposición.

Ya le ha pasado a varios líderes, sobretodo en América en la ofensiva de los ultraconservadores hacia la izquierda progresistas de la mayoría absoluta.

Les puede pasar a los esperanzados renovados desde la izquierda que no era ni es hegemónica en sus discursos fundamentalistas.

Con todo, no hay que olvidar que en la democracia dominicana hay asuntos pendientes desde hace décadas que siguen doliendo en el alma a los que nunca se le han hecho justicia social, descendientes de los fusilados, de los represaliados, de los expulsados, de los deportados con independencia de su adscripción política.

El resentimiento puede llegar a ser, como indica Bloom, una patología, pero el asentimiento solo genera bolsas de pus y de podredumbre.

La oposición dominicana se ha convertido en un discurso hacia el resentimiento que, si bien podría generarse resultados, pudiera convertirse en un Bumerán.

Si enarbolamos un cambio esté debe ser ofertado desde realidades sin inventos que se vayan a convertir en demagogias para alcanzar el poder.

Los Cambios son buenos siempre que estén basados en propuestas de avances sociales y políticos. Pero que sean creíbles y tangibles frente a las sociedades, o de lo contrario caeríamos en un Brasil sin rumbo y un Ecuador sin visiones divididos e irreconciliables.

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