El PLD y la historia de la corrupción en República dominicana, 2da. parte

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Por Arcadio Vargas Everts  (Kayayo)

Arcadio Vargas E.

(Parte 2)

En su libro Composición social dominicana, el profesor Juan Bosch hizo acopio del extremo empobrecimiento en que la clase media sumergió al Estado con los “vales” del gobierno de Ignacio María González, quien gobernó el país cinco veces (tres de facto y dos constitucionales) de 1874 al 1878; esos papeles tenían un valor de cambio que alcanzaban para pagar los favores sexuales que les hacían al Presidente las prostitutas provenientes de los cafetines de mala muerte.

Después de la Primera Intervención Norteamericana (1916-1924) el último gobierno constitucional de Horacio Vásquez, quien tenía intenciones de prologar su mandato más allá de lo cuatro años reglamentarios, cimentado en una amplia estructura política alimentada por el erario, acuñándose en esa época el término “botella” que, desde entonces se utiliza popularmente para designar con ese nombre el clientelismo político.

Pero la historia del saqueo a través del Estado dominicano alcanzó dimensiones mágico- religiosas, más allá de la realidad, hasta romper esquemas imaginarios, con la llegada al poder del general Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien superó con creces todas las emanaciones divinas de los dictadores que gobernaron en el continente americano, al convertir a la República Dominicana en su feudo personal, donde los bienes públicos y gran parte de los privados fueron manejados por el tirano.

Luego de su ajusticiamiento, las bandadas de carroñeros se repartieron sus bienes como botín de guerra, frenados por la elección del hombre que subió el solio presidencial con la candidez de trasformar al país en un Estado democrático, donde los funcionarios fueran servidores públicos, capaces de manejar los bienes nacionales con honestidad y transparencia, lo que le generó muchas dificultades, enemigos de oscuros intereses que veían igual que Trujillo, pero sin su indeseable competencia.

Siete meses después, el profesor Juan Bosch fue depuesto por esos intereses y un triunvirato se tomó la libertad de saquear al país e incrementar el contrabando de autos (“y cuenten los Austin”) hasta el punto de provocar otro golpe de Estado, inestabilidad y la Segunda Intervención Norteamericana del siglo xx. Fue a través del contrabando de mercancía que Joaquín Amparo Balaguer Ricardo Lexpier y Heureaux (Elito) -el presidente impuesto con fraude y botas extranjeras- pudo manejar durante 12 años los intereses enfrentados, creando una clase que adquirió poder militar, económico y político.

El poder era la segunda naturaleza del último títere de Trujillo, en cuyos primeros 12 años de gobierno, el saqueo -admitido por él mismo- se impuso impunemente apoyado por el terror y el derramamiento de sangre, las desapariciones misteriosas y el exilio de toda las voces disidentes, ejecutadas por los aparatos represivos del Estado y las bandas paramilitares formadas para sostener ese    estado de cosas.

Después de contar los primeros 300 nuevos millonarios, decidió parar la cuenta y anunciar que la corrupción de detenía en la puerta de su despacho, Elito le estrujó públicamente en la cara a los dominicanos el concepto de que la Constitución no era más que un pedazo de papel con el que él se limpiaba el c… (esta última parte la dijo en privado).

Pero en 1978 la población venció el miedo y acudió a las urnas para sacar a Balaguer del poder, imponiendo en su lugar al hacendado Silvestre Antonio Guzmán Fernández, del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), quien no pudo controlar la angurria de una clase media ansiosa por repartirse el pastel del Estado, lo que al final de su mandato lo llevó a pegarse un tiro en la sien para poner fin a su vida, llevándose consigo toda la esperanza de la población dominicana.

Su vicepresidente, Jacobo Majluta, aprovechó los 42 días que quedaban para completar el período presidencial, llenar al país de vehículos Volvo contrabandeados y sacar del erario unos milloncitos para su cuenta personal.

Con el slogan “Manos limpias” llegó al poder en 1982 el doctor Salvador Jorge Blanco, del PRD, quien no tardó mucho en ensuciarse hasta hacer del Estado una orgía de corrupción. A través del contrabando creó un  nuevo grupo de poder utilizando al banquero Leonel Almonte como cabeza visible; la rapiña fue tan voraz que el final sus funcionarios se dieron a la desbandada, el Presidente y su banquero fueron a la cárcel, quizás no por el saqueo de los bienes públicos, sino por lesionar con el contrabando los intereses de los grupos tradicionales.

La experiencia perredeísta fue tan frustrante para la población dominicana, que en las elecciones de 1986 la población optó por volver a elegir a Balaguer y a su Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), quien desde los primeros días de su nuevo mandato él mismo reconoció que “los reformistas lo quieren por sacos”.

Entonces, su propia boca se abrió para referirse a su negativa de aumentar los salarios de militares y policías, debido a la “goma” que cogían los uniformados en las compras (comisiones ilegales), además de los peajes, extorsiones y despojo que hacían en la frontera y entre comerciantes y delincuentes, acuñándose entre cierto sectores el concepto “comida para la boa”.

Todos los servicios públicos se deterioraron de una forma tal, que en todos los estamentos del gobierno había que pagar una cuota por cada servicio (cédula, pasaporte, licencia, cualquier documento para comercialización, importación, instalar un negocio, etc.), democratizándose hasta abajo el saqueo, el despojo, la corrupción generalizada, desde el más pequeño hasta el más grande.

Al cabo de 10 años, la necesidad de un cambio había alcanzado la madurez en la conciencia nacional, y la población miró por fin al partido que había sido fundado por el profesor Juan Bosch 23 años atrás para culminar la obra de Juan Pablo Duarte: el Partido de la Liberación Dominicana -PLD-, la única organización política de cuadros entre los partidos democráticos de América; vendido para servir, no para servirse.

 

CONTINUARÁ…

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