Poderes y vejámenes individuales

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Oscar López Reyes

Los lenguajes subyugantes/lacerantes provenientes de la pareja y el jefe emanan vértigos, en el valle de la insolencia, y causan tantos estragos emocionales y físicos que se acercan a las consabidas ejecuciones  policiales. Por esos y otros zapatazos psicológicos, el derecho a la dignidad  y el libre crecimiento de la personalidad ameritan ser dimensionados como los colectivos.

La Constitución de la República ampara para ese cometido. En  su artículo  38 acota que “El Estado se fundamenta en el respeto a la dignidad de la persona y se organiza para la protección real y efectiva de los derechos fundamentales que le son inherentes. La dignidad del ser humano es sagrada, innata e inviolable; su respeto y protección constituyen una responsabilidad esencial de los poderes públicos”.

En transgresiones diarias a la  prerrogativa individual bailan,  grotescamente con presumidas licencias, progenitores familiares y descendientes frentes a discapacitados y envejecidos;  altos funcionarios, empresarios y políticos, que citan a Jesús, Sócrates, Platón, Aristóteles, Carlos Marx, Lenin,  Mao Tse-Tung y otros pensadores y filósofos antiguos, modernos y contemporáneos. Ejemplifiquemos: 

                1.- El articulista e integrante de la cúpula partidaria que, no conforme con dar codazos sin miramientos para acaparar cargos públicos sin reparar en el daño que ocasiona al país,  apalea a la esposa  y en el auditorio reclama apego a las  legislaciones.

                2.- El fiscal de la unidad contra la violencia género que, cuando marcha hacia su trabajo, por celos deja encerrada a su cónyuge  en su apartamento, con un candado colocado en la puerta enrejada.

                3.- El juez supremo que públicamente exige  respeto a la ley  y la dignidad humana, y permanentemente humilla y ofende a sus subalternos,  promueve que le rindan pleitesía y usa militares a su servicio para vejar.

                4.- El productor televisivo que se pavonea y alardea con arrogancia de ser un ferviente defensor de derechos y la democracia, pero no permite disidencia en su programa, estropea a opinantes  y  no acata  la réplica.

                5.- El dueño de empresa y ejecutivo que insulta a los cuatro vientos, acosa, estipula salarios de sufrimiento, no desembolsa horas extras, bota a empleados de un sopetón, o sea, sin observar las tres escalas que  reglamentan el despido y se resiste a pagar prestaciones laborales.

                6.- El conocido activista feminista que pega  a su mujer, y escribe para censurar a otros similares.

                7.- El jefe de redacción/información que verbalmente masacra a los reporteros.

En estas tropelías obran patologías conductuales, las ínfulas de poder y el molde anti-democrático de miembros de una generación que actúan en contraste con sus decires. En los próximos años superarán esos desvaríos los niños que sean formados en valores en el hogar, el centro educativo y los medios de comunicación.

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