La afectividad presidencial

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Por Oscar López Reyes

La afectividad y la falta de institucionalidad se vierten,  en la conjura de la confianza, como los infractores que yugulan en la desventura-desdicha de los jefes de Estado,  algunos de los cuales han terminado  en ergástulas y en el zafacón de la historia. El grande de Fidel Castro (Cuba) se configura como un paradigma, porque desechó el querer-agradecer-complacer.

La veleidad de presidentes de la República, por su déficit de carácter y seriedad; el desapego a los principios postulados, como la misión y los objetivos, y el liderazgo en la barca apreciativa-lucrativa, bruma tripolar de la “emoción psíquica”, así como los malos consejos de ambiciosos e improvisados, conducen a mandatarios a un matadero.

En el anclaje del interaccionismo palaciego, en una especie de amor romántico o platónico con el “camarada” y reponer la inversión electoral hecha por el colaborador, se patea la racionalidad, en el horizonte tridimensional:

1.- Encariñamiento con los compañeros “sacrificados” por el partido y el triunfo comicial. Esos fieles enceguecen, en vista de que el primer ejecutivo de la Nación  cree todas las cosas que le dicen, y  súbditos señoriales aprovechan la intimidad y confidencias para defraudar. El adagio dice que en la confianza es que está el peligro.

2.- Cumplimiento de los compromisos de campaña. Los que aportaron financieramente no fue por filantropía, sino como inversión para ser recuperados con una tasa de retorno rápida y jugosa, en el techado de los privilegios.

3.- Engatusamientos a presidentes de la República.  Se dejan embaucar por prestantes desarrolladores reales y también por aventureros, muchos de ellos extranjeros que, vestidos con prendas de lujos y lenguajes repletos de sortilegios semánticos, les presentan proyectos “ventajosos”, que aprueban con las mejores intenciones, o acicateados por sobornos de allegados.

Fidel Castro gobernó a Cuba, durante medio siglo, sin conmiseración ante la corrupción y el narcotráfico. En 1989 fueron condenados por drogas y fusilados cuatro oficiales militares, entre ellos el general de división y héroe Arnaldo Ochoa. En China se suministran la misma receta.

En cambio, en las naciones nórdicas los grados de corrupción son bajísimos, los castigos son penales y pecuniarios y, con más ahínco, con el repudio colectivo, como tocar platos cuando un sentenciado está en un restaurante. Si no lo abandona, se retiran los parroquianos.

En República Dominicana han sido promulgadas numerosas leyes anti-corrupción, pero su aplicación ha sido obstaculizada por gobernantes, a través de la Cámara de Cuentas y el Ministerio Público, para proteger -por afectividad y solidaridad- a partidarios. Disminuirá la impunidad sólo con la reestructuración de estos y otros organismos y el modelo populista-clientelar; el saneamiento de los partidos y la elección-designación en funciones públicas de personas de acendrados principios ético-morales.

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